SEMBLANZA CURRICULAR

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Nació en Cuerámaro, Guanajuato. Es DOCTOR EN ARQUITECTURA (2009), Maestro en Arquitectura (2000) y Arquitecto (1976), por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Socio activo de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (SMGE), y fundador y presidente de la SMGE Correspondiente en el Bajío de Guanajuato. Profesor de asignatura en Posgrado en Arquitectura (FA UNAM), coordinador y ponente de diplomados en la DECAD FA UNAM. Ha sido profesor titular en la Universidad Marista campus Ciudad de México; profesor invitado en posgrado de la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC); conferencista, aficionado a la pintura, la música, la historia y la literatura; viajero empedernido, autor de la monografía histórica "Cuerámaro... desde los muros de una hacienda" publicada en la edición especial de la Colección Bicentenario (2010) por el Gobierno del Estado de Guanajuato. Hasta el 30 de septiembre de 2025, fue Director de Integración de Planeación, Proyectos y Presupuesto, de la Dirección General de Obras y Conservación de la UNAM.

martes, 30 de marzo de 2021

LAS CANDIDATURAS MUNICIPALES EN CUERÁMARO… EN 1917

Tras la promulgación de la Constitución de 1917, el 11 de marzo de 1917 se realizó en México la primera elección federal con sufragio directo, para elegir a los miembros del nuevo Congreso y al presidente de la República. En la contienda para la Presidencia participaron Venustiano Carranza, por el Partido Liberal Constitucionalista; José Pablo González Garza, por la Liga Democrática; Nicolás Zúñiga y Miranda —el candidato perpetuo— y Álvaro Obregón Salido, estos dos últimos como independientes. El ganador de la contienda electoral, con el 97.18% de los sufragios, fue Venustiano Carranza, quien desde antes ostentaba el cargo de Primer Jefe de la Revolución Constitucionalista y Encargado del Poder Ejecutivo de la Nación. Carranza protestó como presidente de la República el 1 de mayo de 1917, para el periodo 1917-1920, que no pudo terminar por haber sido asesinado la madrugada del 21 de mayo de 1920.


El movimiento revolucionario había dejado un país difícil de gobernar, donde proliferaban caudillos y caciques que seguían controlando las distintas regiones donde actuaban, seguidos por grupos que se aglutinaban en torno a ellos. Así comenzó el periodo de los gobiernos de la revolución.

En el estado de Guanajuato, en virtud del decreto de 23 de marzo de 1917, expedido por don Venustiano Carranza, se convocaron elecciones para integrar los Poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial del Estado, las cuales se llevaron a cabo el 6 de mayo, resultando electo Gobernador del Estado Libre y Soberano de Guanajuato el general y licenciado Agustín Alcocer, para el periodo que terminaría el 25 de septiembre de 1919.

Lic. y Gral. Agustín Alcocer



Como en otros estados del país, en Guanajuato predominaban los problemas de desempleo, hambre y carestía, factores que provocaron la formación de gavillas de excombatientes revolucionarios que asolaban caminos y asaltaban a pequeñas poblaciones.

Según noticias de la época, el pequeño pueblo de Cuerámaro, en El Bajío guanajuatense, era asolado constantemente por las chusmas vandálicas de Domingo Fernández (a) “Garrote”, con más de trescientos integrantes armados a caballo. Para hacerles frente y contenerlos, los vecinos de Cuerámaro se organizaron para la defensa del pueblo por medio de las armas, logrando juntar más de doscientas carabinas, “las que funcionarían en caso ofrecido, dentro de los diez grandes fortines levantados para dicho objeto”. Uno de esos fortines estuvo en la esquina nororiente de la azotea de la construcción de lo que fuera la tienda de la sociedad mercantil “Canchola, Enríquez, Ayala”, que luego paso a ser propiedad del señor José Vicente Canchola, donde instaló su residencia y la tienda que durante muchos años se llamó “El Progreso” y luego “Comercial Canchola Ayala”. ¿Dónde estarían ubicados los nueve restantes?

A finales de 1917, Cuerámaro preparaba la contienda electoral para elegir a los munícipes que regirían durante el año de 1918. El corresponsal del periódico El Pueblo, de la Ciudad de México, informaba sobre las candidaturas en Cuerámaro, en la página nueve de la publicación del jueves 22 de noviembre de 1917.

El texto de la nota es como sigue:

LAS CANDIDATURAS MUNICIPALES EN CUERÁMARO

(Por correo)

GUANAJUATO, noviembre 19.

Comunican de Cuerámaro, villa que pertenece a este Estado, sobre la bien acordada candidatura para los munícipes que deberán regir el próximo año de 1918, y la cual fue formada de los mejores elementos con que cuenta dicha villa.

La plataforma es la siguiente: Propietarios: 1º. Epigmenio Manríquez; 2º. Zeferino Olmedo; 3º. Arnulfo Arias; 4º. Domitilo Castro; 5º. Catarino Espinosa; 6º. Arnulfo Nieto; 7º. Lucas López; 8º. Santiago Ortega; 9º. Andrés Vásquez.

Suplentes: 1º. Juan González; 2º. Francisco Carrada; 3º. Joel Rojas; 4º. Manuel Cisneros; 5º. Joaquín Vargas; 6º. Alejandro Negrete; 7º. Juan Rojas; 8º. Dionisio Negrete; 9º. Manuel Gómez.

CUÁL HA SIDO LA ACTITUD DE LOS CUERAMARENSES

Mucho se espera de dicha corporación al salir triunfante (lo cual con seguridad se logrará), en vista de que todas las personas que firman dicha plataforma son amantes de velar por los derechos e intereses del proletario, y con especialidad muchos de esos mismos ciudadanos fueron los primeros en implantar en ésta la defensa del pueblo por medio de las armas, pues su número asciende a más de doscientas carabinas, las que funcionarán en caso ofrecido, dentro de los diez grandes fortines levantados para dicho objetivo.

En realidad, es de alabarse la actitud que siempre han asumido los vecinos de Cuerámaro en defender su pueblo de la reacción. Nuestros lectores recordarán de los dos asaltos que hicieron las chusmas vandálicas de Domingo Fernández (a) “Garrote” a dicha villa, los que costaron bien caro a éstas, pues en el último ataque del dos de enero, los trescientos reaccionarios que venían, seguros de la plaza, no lograron su objetivo, sino más bien se llevaron un buen número de heridos atravesados en sus mismos caballos.

Ojalá que los vecinos de todos los pueblos del Estado se unieran como lo están los cueramarenses, quienes jamás han molestado al Gobierno con pedirle ni una pequeña guarnición, sino que ellos mismos, con sus propias armas están listos para la defensa de sus hogares e intereses. Si esta unión de vecinos fuese así en otros pueblos, muy pronto estaría pacificado el Estado, porque las fuerzas del Gobierno que están de destacamento en varias plazas se dedican solamente a exterminar a los asaltantes de caminos, únicos que quedan por estos rumbos.

 Conforme a la información que da José Vicente Canchola, para el año 1918, asumió el cargo de presidente municipal el señor Manuel Gómez, que aparece como 9º suplente según la información del artículo publicado en El Pueblo.

Nota publicada el 22 de noviembre de 1917 en la página 9
del periódico El Pueblo, Año III, Núm. 1106, Ciudad de México


jueves, 27 de agosto de 2020

LOS RESTOS DE MINA: EN BUSCA DE EXPLICACIONES Y CERTEZAS

¿EN REALIDAD SON LOS RESTOS DE XAVIER MINA...?

Autor: Horacio Olmedo Canchola 2020

Estudio topográfico de la localización del fuerte de Los Remedios (Horacio Olmedo Canchola)

El 19 de julio de 1823, el Soberano Congreso Mexicano decretó el reconocimiento como “beneméritos de la patria en grado heroico”, a Hidalgo, Allende, Aldama, Abasolo, Morelos, Matamoros, Leonardo y Miguel Bravo, Galena, Jiménez, Mina, Moreno y Víctor Rosales, y ordenó la exhumación de sus restos y el traslado a la Ciudad de México para que fueran honrados y depositados en la Catedral Metropolitana.

En Guanajuato, la exhumación de los restos de Xavier Mina estuvo a cargo del coronel José Antonio Huidobro, del bachiller José María Sixtos, teniente de cura en la hacienda de Cuerámaro; de Ermenegildo Ramos y José Mariano Negrete, regidores del Ayuntamiento de Pénjamo, y del teniente coronel José María Figueroa, quienes acompañados por dos guías lugareños —que supuestamente conocían el lugar de la sepultura— procedieron a la localización y rescate de los restos del navarro en el campo de El Tigre, donde había estado un campamento realista durante el sitio que Liñán impuso a Los Remedios entre septiembre y diciembre de 1817.

Después de cumplido el encargo, la Diputación Provincial de Guanajuato informó que los restos de Xavier Mina habían sido exhumados el 25 de agosto de 1823 “en el campo de San Gregorio, en la jurisdicción de Pénjamo”, y que fueron enviados a Guanajuato para que de ahí salieran a la Ciudad de México.

En el año de 2010, con motivo de la conmemoración del Bicentenario del inicio de la Independencia, se llevaron a cabo diversos estudios científicos a los restos que desde 1925 se encontraban en la Columna de la Independencia.

Los restos atribuidos a Xavier Mina se encontraban en una urna de madera con tapa de terciopelo acojinada. Sin embargo, según el informe oficial publicado en 2012, la urna contenía en realidad más de 200 piezas óseas, correspondientes a huesos largos y cortos, costillas y vértebras, omóplatos e iliacos, así como dos cráneos, todos ellos pertenecientes en su conjunto a diferentes individuos, la mayoría del sexo masculino, aunque también algunos pertenecientes al sexo femenino y otros de infantes.

No obstante, los estudios practicados permitieron la recomposición de ocho individuos que para su identificación fueron registrados con letras de la A a la H. En lo que se refiere al individuo registrado con la letra F, el informe dice que corresponde a un adulto joven (25 a 30 años) con una estatura de 1.70 m, y que probablemente sean de Xavier Mina.


Por lo anterior, al margen de los estudios realizados y más allá de las versiones oficiales sobre la autenticidad de los restos atribuidos a los beneméritos de la patria, hasta ahora se han soslayado o ignorado serios errores históricos que permiten plantear la hipótesis de que los restos atribuidos a Xavier Mina no son en realidad los del navarro, sino los de un soldado realista desconocido, que fue sepultado en el campo atrincherado de El Tigre, donde estuvo uno de los campamentos del ejército español que sitió al fuerte de Los Remedios entre septiembre y diciembre de 1817.

Este planteamiento se sustenta principalmente en el análisis objetivo de un documento fundamental, titulado “Certificado de la exhumación del cadáver del Benemérito Ciudadano Francisco Xavier de Mina”, expedido y firmado por el bachiller José María Sixtos, teniente de cura de la parroquia del partido de Cuerámaro, el 27 de agosto de 1823,[1] cuyo texto dice lo siguiente:

En cumplimiento al oficio que me dirigió el señor coronel D. José Antonio Huidobro, pasé el veinte y cinco de la fecha, en compañía de los señores regidores del Ayuntamiento de Pénjamo, D. Ermenegildo Ramos, D. José Martiniano Negrete y del teniente coronel D. José María Figueroa, al campo del sitio del Fuerte de los Remedios (alias San Gregorio) donde por dos individuos fuimos guiados al lugar donde fue sepultado el Exmo. Sr. Gral. D. Francisco Xavier de Mina, después de ejecutar la sentencia en el sitio nombrado el Campo del Tigre, y exhumado que fue su cadáver, encontrando todas las señas que los conductores habían dicho, no nos quedó duda de ser el mismo.

Fueron depositadas sus reliquias en un féretro lo más decente que en esta Hacienda pudieron proporcionarnos los dueños de ella, depositándolo en esta Parroquia de mi Cargo, en una pira, con el acompañamiento de toda la vecindad, dobles, vigilia y Misa de Cuerpo Presente, hasta entregarlo al expresado coronel D. José Antonio Huidobro para su conducción a la Capital de la Provincia.

Y para su debida constancia doy este Certificado en la Hacienda de Cuerámaro a 27 de agosto de 1823. (Firma) Br. José María Sixtos.

No hay duda sobre la veracidad y autenticidad del documento como prueba de la exhumación realizada, pero existe en el certificado una equivocación fundamental y significativa que parece haber pasado desapercibida hasta ahora, y que es necesario desvelar.

La equivocación se originó en 1823, cuando los guías lugareños determinaron el lugar en el que, según dijeron, fue sepultado el cadáver de Xavier Mina “después de ejecutar la sentencia en el sitio nombrado el Campo del Tigre”, ignorando o pasando por alto que Xavier Mina había sido fusilado en el crestón del Bellaco, donde estaba el cuartel general de Pascual de Liñán, frente al fortín insurgente del Tepeyac.

La consecuencia, por tanto, fue la exhumación de un individuo equivocado.

Para explicar la equivocación y refutar lo dicho por los lugareños al indicar el lugar de la exhumación, es necesario conocer la topografía del sitio y saber que el puesto realista del campo de El Tigre estaba localizado al noreste del fuerte de Los Remedios, barranca de por medio, aproximadamente a 2000 m s. n. m., entre el campo atrincherado de Navarra y el campo de Apodaca, enfilando sus baterías al rediente insurgente de la Libertad. Es decir que el campo de El Tigre estaba por debajo de la altura del Bellaco, que tiene aproximadamente 2450 m s. n. m., y con una distancia entre ambos puntos de alrededor de dos kilómetros en línea recta, sin considerar la escarpada topografía que los define.[2]

Con base en lo anterior, se puede precisar que Xavier Mina no fue ejecutado ni sepultado en el campo de El Tigre, como afirma categóricamente el certificado de exhumación, sino en lo alto del cerro del Bellaco, en crestón localizado frente al baluarte insurgente del Tepeyac, al norte del cuartel general que estableció y mantuvo Pascual de Liñán durante el prolongado sitio a Los Remedios.

 

Detalle del plano del fuerte insurgente de Los Remedios, donde se observa el fortín del Tepeyac y el cuartel general de Pascual de Liñán en el cerro del Bellaco, donde fue fusilado Xavier Mina.



[1] Archivo General del Gobierno del Estado de Guanajuato. Secretaría. Fondo Especial. Municipios, Pénjamo, 1823. Certificación de la exhumación del cadáver de Francisco Javier Mina.


lunes, 18 de mayo de 2020

AVATARES DE LOS RESTOS DE LOS BENEMÉRITOS DE LA PATRIA

PRIMERA PARTE

ALGO SOBRE LA OSAMENTA PERDIDA DE MARIANO MATAMOROS


Mariano Matamoros
En 1823, el Soberano Congreso Mexicano reconoció como “beneméritos de la patria en grado heroico, a los Sres. D. Miguel Hidalgo, D. Ignacio Allende, D. Juan Aldama, D. Mariano Abasolo, D. José María Morelos, D. Mariano Matamoros, D. Leonardo y D. Miguel Bravo, D. Hermenegildo Galena, D. José Mariano Jiménez, D. Francisco Xavier Mina, D. Pedro Moreno y D. Víctor Rosales”, y ordenó la exhumación de sus restos y su traslado a la Ciudad de México para que fueran honrados y depositados en una capilla de la Catedral.
Cumplimentando las instrucciones recibidas, se hicieron las exhumaciones de los beneméritos que pudieron ser localizados. El 13 de septiembre de 1823 llegaron a la Colegiata de N. S. de Guadalupe los restos de Hidalgo, Allende, Morelos, Matamoros, Jiménez, Xavier Mina, Moreno y Rosales. Hasta el mismo lugar llegaron los restos de José María Morelos, provenientes de San Cristóbal Ecatepec, así como las osamentas de los héroes ejecutados en Chihuahua (excepto los de Juan Aldama, que no se recuperaron porque habían sido enterrados con otros cuerpos) y los restos de Víctor Rosales y Mariano Matamoros.
Bustamante dice que el alcalde de la Villa llevó “los cadáveres en cinco urnas, hasta la garita de Peralvillo”, por lo que se puede deducir que las urnas contenían los restos de (U1) las calaveras de Hidalgo, Allende Aldama y Jiménez, con las osamentas atribuidas a Mina y a Moreno, enviada desde Guanajuato; (U2) los restos de Morelos, que llegaron de Ecatepec; (U3) las osamentas de los esqueletos de Hidalgo, Allende y Jiménez, exhumados en Chihuahua; (U4) los restos de Víctor Rosales y (U5), los de Matamoros, enviados desde Valladolid. De ahí continuaron su tránsito hasta el templo de Santo Domingo, en la Ciudad de México.
Se sabe que en la noche pasó el Jefe Político a Santo Domingo, con una corta comitiva, y abrieron las urnas, para separar los huesos y acomodarlos en una sola urna ricamente adornada, en la que se haría el traslado a la Catedral. Sólo los huesos de Matamoros quedaron intactos en su propia urna, que no fue abierta. 
El 17 de septiembre llegaron a la Catedral dos urnas: una forrada en terciopelo negro, guarnecida con galón de plata, que contenía los restos de Matamoros, y otra de cristales, con los despojos de los otros héroes. Después de los oficios y la ceremonia solemne, las urnas fueron expuestas a la veneración del público en la capilla de La Cena, contigua a la de San Felipe de Jesús. Posteriormente fueron depositadas en una cripta debajo del altar de los Reyes, en la que también, desde octubre de 1821, se encontraban los restos de Juan O’Donojú, Jefe Político Superior y Capitán General de Nueva España.
Así comenzaron los avatares de los restos de los beneméritos de la patria, y continuarían por casi un siglo hasta septiembre de 1925, cuando finalmente fueron retirados de la Catedral para ser depositados en la Columna de la Independencia.
Durante los casi cien años de su estancia en la Catedral Metropolitana, las osamentas fueron revueltas y mezcladas en diferentes ocasiones y por distintos motivos. En una de esas ocasiones, la cripta donde descansaban los restos de los héroes fue abierta para depositar en ella una parte del cadáver del presidente Miguel Barragán, en 1836. Como resultado de esa apertura, los huesos de los beneméritos de la patria, que se encontraban “hechos una confusión”, fueron colocados en una nueva urna para su preservación. Se dice que en esa ocasión entraron a la cripta varios intrusos que aprovecharon la oportunidad para revolver los restos y robarse algunos huesos, entre otros la calavera de Juan O’Donojú, que años después fue restituida a la cripta.
También se dice que en aquel entonces fue abandonada en algún rincón de la desordenada cripta la urna con los restos de Mariano Matamoros, de manera que allí quedaron olvidados cuando se pasaron los restos de los demás beneméritos a la capilla de San José, en 1895. Es probable que así sucediera, porque a partir de entonces no se volvió a saber de ella hasta finales de 1911, cuando a instancias del Dr. José María de la Fuente se formó una comisión para rescatar los restos perdidos de Matamoros. La comisión estuvo integrada por el mismo Dr. José María de la Fuente, el Dr. Nicolás León, el Ing. Jesús Galindo y Villa, y dos fotógrafos. Su objetivo era encontrar y rescatar los restos perdidos.
Los comisionados bajaron a la cripta el 30 de diciembre del mismo año y encontraron una desvencijada urna vacía junto a otra en las mismas condiciones, que sí contenía algunos huesos, distintos objetos y basura. En el informe rendido más tarde al Lic. Cecilio A. Robelo, director del Museo Nacional, el Dr. Nicolás León dice que el lugar era “un verdadero muladar, pues no otro nombre merece la cripta donde yacían [los huesos] por el abandono y desaseo en que se encuentra”. Y continúa diciendo: “sacamos los restos fragmentarios de un esqueleto humano que, confundido con desechos de materiales de construcción, palos podridos y basura, se encontraron dentro de una rota y desvencijada caja de madera corriente que estaba sobre el piso de ese lugar.”
Por su parte, Antonio Rivera de la Torre, representante de Nueva Era, en su crónica publicada en domingo 31 de diciembre, escribe:


“Observamos un gran desorden en el interior: un ataúd negro con cordeles, una urna, también negra, vacía; otra urna del lado derecho de la entrada correspondiente a la oquedad marcada por el brazo de la cruz, con unos tablones o restos de otra urna cercana; una gran capa de tierra en el pavimento, almacenada por los años y trozos de caliche dispersos.”

Dr. José Ma. de la Fuente
En tales condiciones, después de analizar los huesos encontrados, el Dr. José María de la Fuente declaró que eran “los auténticos de Mariano Matamoros”, pese a las dudas que manifestaron sobre su autenticidad el Dr. Nicolás León y el Ing. Jesús Galindo y Villa.
De cualquier manera, los restos fueron colocados en una urna para ser depositados en la capilla de San José, junto a los demás beneméritos de la patria, en donde desde 1903 se encontraban también los de Nicolás Bravo.
Pero el esqueleto estaba incompleto: faltaba el cráneo. Para aclarar esa situación, De la Fuente dice que dos días después, cuando fue a buscar en la Catedral el cráneo perdido, el sacristán le “entregó un cráneo que se encontró ahí rodando” un ingeniero de las obras en la cripta, quien lo había recogido para evitar que lo profanaran los albañiles.
En el informe entregado al director del Museo, describe el cráneo, del que —dice— sólo existe la bóveda, pero en fracciones, y faltan los huesos de las caras inferior y laterales. Sin embargo, agrega: “he creído que, muy probablemente, el cráneo que fui a buscar es el mismo que me entregó el Padre Sacristán”, el cual entregó al director del Museo Nacional y, al parecer, nunca se integró al resto de la osamenta. Salvador Rueda dice que “fue entonces cuando se inventó el descubrimiento de los restos de Mariano Matamoros, que resultó una impostura”.
 
Fotografía de los restos de Matamoros, descubiertos en 1911
Desde el momento mismo del descubrimiento de aquellos restos atribuidos a Matamoros, el ingeniero Jesús Galindo y Villa, que formó parte de la Comisión, fue un duro crítico de la impostura perpetrada por el doctor De la Fuente. Para hacer patente su desacuerdo, algunos días después del descubrimiento El ingeniero Galindo y Villa escribió el artículo que a continuación se transcribe, el cual fue publicado en El Imparcial del 31 de diciembre de1911, y que más tarde recoge el Boletín del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología:

UN HUESO DE FRAY PEDRO DE GANTE
(Anécdota á propósito de los restos de Matamoros) *

En un lugar privilegiado del vasto Convento de San Francisco de México, se veneraba una reliquia que la comunidad tenía en grandísima estima, y que solía ser mostrada á las respetuosas miradas de los amantes de la imperecedera memoria del insigne lego Fray Pedro de Gante, muy cercano pariente, al decir de muchos, del Emperador Carlos V. Tratábase nada menos que de un hueso del esqueleto de aquel inolvidable educador de los indios, cuyo cadáver fue enterrado en el Convento, en el año 1572, en que acaeció la muerte de Fray Pedro.

Un viejo y erudito amigo nuestro, que lo es también de todos los historiadores é historiófilos residentes en la Capital, y que vive aún, allá en sus mocedades entraba al Monasterio de los franciscanos como á su casa, y muy relacionado con los monjes de la Orden Seráfica, logró conocer el hueso del benemérito lego.

Poco antes de la exclaustración de los religiosos y de la destrucción de su Convento, nuestro amigo obtuvo del Padre Guardián que se le obsequiara el despojo mortal de Fray Pedro, para conservarlo como un tesoro.

Un día, otro amigo nuestro, renombrado arqueólogo, que también vive, y radica ahora en Europa; que concluyó toda su carrera de Médico faltándole solamente el título, tuvo en sus manos la famosa reliquia, y pidió con encarecimiento al poseedor de ésta que le permitiera estudiarla con escrúpulo. Parecióle á nuestro segundo amigo que el hueso era algo anormal para haber sido del propio armazón osteológico de Fray Pedro, y que á haber formado parte de él, evidentemente el lego era un gigante.

Concluido el estudio del hueso, el resultado fue una desastrosa y fatal sorpresa, que llenó de estupefacción al dueño de la reliquia. La Anatomía comparada había revelado ¡cosa estupenda! que el hueso no era de un ser humano: los caracteres se hallaban muy bien marcados: ¡Se trataba del fémur de un caballo!

Esta anécdota es absolutamente verídica; la conoce un reducido número de personas, y la he recordado con motivo de la exhumación de los restos del invicto insurgente D. Mariano Matamoros, acerca de cuya autenticidad conviene de momento suspender todo juicio. Si las presunciones históricas autorizan, en parte, á suponer que los huesos que encontramos abandonados el 30 del pasado diciembre en la pequeña cripta del altar de los Reyes de la Catedral de México, son realmente los de Matamoros, hay, en cambio, otros datos que nos envuelven en negra duda y nos embargan en honda meditación: los huesos que aparecen mezclados, quizá son los de un esqueleto extraño; la conformación anatómica de la pelvis; aquellas suelas diminutas de casi femeninos zapatos que salieron del fondo de la desvencijada urna, son altamente sospechosas, por desgracia. Allí no se encontró el cráneo, pero ahora se da como el de Matamoros uno que estaba olvidado en la Sacristía de la Basílica (sic), y que acaba de llevar el Dr. D. José María de la Fuente al Museo Nacional.

Ante tan serias consideraciones, es preciso detener el vuelo de la fantasía y los impulsos de nuestro patriotismo, que podrían resultar contraproducentes, y esperar con fe y con calma la última palabra de quienes, con su ciencia y su saber, se encargan ya de pronunciarla.

Más que la Historia, habrán de resolver el punto la Anatomía y la Antropometría.

Coyoacán, 4 Enero 1912.

Jesús Galindo y Villa.[1]

* En El Imparcial de 5 del corriente Enero se publicó esta anécdota, sin la firma del autor.

—(J. G. V.)

Un siglo después, para la celebración del Bicentenario, los restos de los beneméritos fueron extraídos de la Columna de la Independencia, para su análisis y conservación. Los resultados que arrojaron los estudios de antropología física realizados por especialistas del Instituo Nacional de Antropología e Historia dieron la razón a Galindo y Villa. Con ellos se evidenció que los restos atribuidos a Mariano Matamoros correspondían a un adulto de sexo femenino de 40 a 45 años, al que le falta el cráneo, pero conservaba hasta los zapatos y algunos objetos asociados, que nada tenían que ver con la osamenta. Según el informe respectivo, por las marcas en sus huesos debió tratarse de una mujer dedicada a la molienda y a la preparación de alimentos en cuclillas.
Sobre tales elementos, Lilia Rivero Weber, coordinadora Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural del INAH, dice que son materiales que se ubican dentro de un contexto histórico y que en un futuro podrían ser materiales de investigación, por tanto, "no tenemos derecho ni la autorización de eliminar material dentro de un contexto". Por su parte, ante las evidencias mencionadas, la historiadora Carmen Saucedo dice que "se puede concluir, históricamente, que los restos encontrados por el doctor De la Fuente no eran los de Matamoros. Ninguno de los datos del hallazgo de 1911 corresponden a los de la exhumación de 1823".
De cualquier manera, en ese contexto, sin importar los resultados obtenidos por los especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia sobre la autenticidad de los huesos atribuidos al personaje, la creencia prevaleció sobre la ciencia, y la “deducción lógica” sirvió para dar identificación a los restos, sean o no de los individuos a los que se les atribuyen, y de esa manera, el 30 de julio de 2011, volvieron al mausoleo de la Columna de la Independencia los huesos restaurados de una mujer desconocida, con todo y las delgadas suelas de sus zapatillas, suplantando a los de Mariano Matamoros, para dormir el glorioso sueño de los beneméritos de la patria bajo las alas del Ángel de la Independencia.
Finalmente, se podrá decir que lo de menos es la materia, cuando el homenaje y la veneración la trasciende, reconociendo de esa manera el espíritu inmortal del héroe.



Horacio Olmedo Canchola (2020)






[1] Boletín del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología. Tomo I, Núm. 7, enero de 1912, p. 129-130.

viernes, 25 de octubre de 2019

EL CAMPOSANTO DE LA CAPILLA DE SAN FRANCISCO


EL CAMPOSANTO DE CUERÁMARO

Grabado en papel China, primer tercio del siglo XX, original propiedad de Horacio Olmedo Canchola

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El camposanto, cementerio, necrópolis o panteón, es un sitio destinado a proporcionar reposo a los restos mortales de las personas.
 
El vocablo cementerio proviene del griego κοιμητήριον, koimeterion, y puede traducirse como lugar para dormir o dormitorio. Del griego derivó al latín como coemeterĭum, y llegó a nuestra lengua como cementerio.
 
Sin embargo, existe una diferencia de origen entre cementerio y panteón. El cementerio es el espacio físico en donde se depositan cadáveres. El panteón era un altar en los antiguos templos griegos donde se adoraba a los dioses, y no donde se sepultaba a alguien.

Al paso del tiempo, por la evolución de los templos griegos y romanos y su ocupación por diferentes culturas y religiones del mundo occidental, los templos recibieron también restos mortales de personajes importantes, de manera que, por su nuevo uso, el significado de panteón se generalizó para referirse al lugar donde reposan los restos mortales de las personas.

 
En el mundo occidental, y por tanto en la Nueva España desde el siglo XVI, los entierros de los católicos estaban bajo el control y registro de la Iglesia, y éstos se efectuaban en terrenos consagrados, que generalmente eran las mismas iglesias o los terrenos adyacentes a ellas. Por esa razón, a los terrenos o espacios consagrados donde se enterraba a los muertos se les llamó camposanto.




Al igual que en la mayoría de las iglesias católicas, el camposanto de la hacienda de Cuerámaro estuvo localizado desde el siglo XVI al oriente de la capilla de San Francisco, en el atrio, y la comunicación con la capilla se daba por la puerta lateral de la nave. Todavía a mediados del siglo pasado se podían ver en el piso del atrio varias lápidas de entierros, al igual que en el piso del interior de la capilla y en los muros, donde aún se pueden ver algunas lápidas que señalan el lugar de reposo de los restos mortuorios de algunas personas.

Entrada a lo que fuera el bautisterio
de la Capilla de San Francisco de Cuerámaro
El 31 de julio de 1859, don Benito Juárez expidió desde Veracruz el decreto de Secularización de Cementerios, quitando toda intervención del clero en cementerios y camposantos.

El camposanto de la capilla de San Francisco siguió abierto y funcionando hasta que se estableció el Panteón Municipal, al norte de la población, como resultado de la creación del municipio con cabecera en el pueblo de Cuerámaro, que surgió en 1869, hace 150 años, de la congregación fundada por el licenciado Agapito de Anda. en lo que fuera el casco de la hacienda de Cuerámaro. 

En 1868, la población del país era de 8.5 millones de habitantes, mientras que la del estado de Guanajuato era de 729,988. En ese mismo año, a escasos diez de fundada la congregación de Cuerámaro, su población era de 4,680 habitantes, y según la Memoria del Gobierno del Estado se registraron en la Congregación de Cuerámaro 731 defunciones (370 hombres y 361 mujeres), sin determinar las edades.

A finales del siglo pasado, la parroquia de Cuerámaro adaptó en la capilla de San Francisco un pequeño panteón con gavetas para el depósito de restos mortuorios exhumados o cenizas, en un reducido espacio que originalmente fuera el bautisterio al lado izquierdo de la puerta principal de la capilla.

Por cierto, allí había una pila bautismal de piedra, en la que fui bautizado, como muchos cueramarenses hasta 1950, cuando se consagró el nuevo bautisterio del templo de Cristo Rey. Desconozco a dónde fue aquella pila bautismal de piedra, pero ojalá que alguien tuviera información para promover su rescate y preservación.

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[Todos los artículos que se publican en este Blog Horario: consagrado a las horas, son de la autoría de Horacio Olmedo Canchola. Quedan reservados todos los derechos de autor y protegidos por las leyes nacionales e internacionales sobre el Derecho de Autor.] 2019