SEMBLANZA CURRICULAR

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Nació en Cuerámaro, Guanajuato. Es DOCTOR EN ARQUITECTURA (2009), Maestro en Arquitectura (2000) y Arquitecto (1976), por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística; profesor de asignatura en Posgrado en Arquitectura (FA UNAM), coordinador y ponente de diplomados en la DECAD FA UNAM, profesor titular en la Universidad Marista campus Ciudad de México, profesor invitado de posgrado por la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC), conferencista, aficionado a la pintura, la música, la historia y la literatura; viajero empedernido, autor de la monografía histórica "Cuerámaro... desde los muros de una hacienda" publicada en la edición especial de la Colección Bicentenario (2010), Gobierno del Estado de Guanajuato. Socio activo de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, y fundador y presidente de la SMGE Correspondiente en el Bajío de Guanajuato. Actualmente es Director de Integración de Planeación, Proyectos y Presupuesto, de la Dirección General de Obras y Conservación de la UNAM.

lunes, 18 de mayo de 2020

AVATARES DE LOS RESTOS DE LOS BENEMÉRITOS DE LA PATRIA

PRIMERA PARTE

ALGO SOBRE LA OSAMENTA PERDIDA DE MARIANO MATAMOROS


Mariano Matamoros
En 1823, el Soberano Congreso Mexicano reconoció como “beneméritos de la patria en grado heroico, a los Sres. D. Miguel Hidalgo, D. Ignacio Allende, D. Juan Aldama, D. Mariano Abasolo, D. José María Morelos, D. Mariano Matamoros, D. Leonardo y D. Miguel Bravo, D. Hermenegildo Galena, D. José Mariano Jiménez, D. Francisco Xavier Mina, D. Pedro Moreno y D. Víctor Rosales”, y ordenó la exhumación de sus restos y su traslado a la Ciudad de México para que fueran honrados y depositados en una capilla de la Catedral.
Cumplimentando las instrucciones recibidas, se hicieron las exhumaciones de los beneméritos que pudieron ser localizados. El 13 de septiembre de 1823 llegaron a la Colegiata de N. S. de Guadalupe los restos de Hidalgo, Allende, Morelos, Matamoros, Jiménez, Xavier Mina, Moreno y Rosales. Hasta el mismo lugar llegaron los restos de José María Morelos, provenientes de San Cristóbal Ecatepec, así como las osamentas de los héroes ejecutados en Chihuahua (excepto los de Juan Aldama, que no se recuperaron porque habían sido enterrados con otros cuerpos) y los restos de Víctor Rosales y Mariano Matamoros.
Bustamante dice que el alcalde de la Villa llevó “los cadáveres en cinco urnas, hasta la garita de Peralvillo”, por lo que se puede deducir que las urnas contenían los restos de (U1) las calaveras de Hidalgo, Allende Aldama y Jiménez, con las osamentas atribuidas a Mina y a Moreno, enviada desde Guanajuato; (U2) los restos de Morelos, que llegaron de Ecatepec; (U3) las osamentas de los esqueletos de Hidalgo, Allende y Jiménez, exhumados en Chihuahua; (U4) los restos de Víctor Rosales y (U5), los de Matamoros, enviados desde Valladolid. De ahí continuaron su tránsito hasta el templo de Santo Domingo, en la Ciudad de México.
Se sabe que en la noche pasó el Jefe Político a Santo Domingo, con una corta comitiva, y abrieron las urnas, para separar los huesos y acomodarlos en una sola urna ricamente adornada, en la que se haría el traslado a la Catedral. Sólo los huesos de Matamoros quedaron intactos en su propia urna, que no fue abierta. 
El 17 de septiembre llegaron a la Catedral dos urnas: una forrada en terciopelo negro, guarnecida con galón de plata, que contenía los restos de Matamoros, y otra de cristales, con los despojos de los otros héroes. Después de los oficios y la ceremonia solemne, las urnas fueron expuestas a la veneración del público en la capilla de La Cena, contigua a la de San Felipe de Jesús. Posteriormente fueron depositadas en una cripta debajo del altar de los Reyes, en la que también, desde octubre de 1821, se encontraban los restos de Juan O’Donojú, Jefe Político Superior y Capitán General de Nueva España.
Así comenzaron los avatares de los restos de los beneméritos de la patria, y continuarían por casi un siglo hasta septiembre de 1925, cuando finalmente fueron retirados de la Catedral para ser depositados en la Columna de la Independencia.
Durante los casi cien años de su estancia en la Catedral Metropolitana, las osamentas fueron revueltas y mezcladas en diferentes ocasiones y por distintos motivos. En una de esas ocasiones, la cripta donde descansaban los restos de los héroes fue abierta para depositar en ella una parte del cadáver del presidente Miguel Barragán, en 1836. Como resultado de esa apertura, los huesos de los beneméritos de la patria, que se encontraban “hechos una confusión”, fueron colocados en una nueva urna para su preservación. Se dice que en esa ocasión entraron a la cripta varios intrusos que aprovecharon la oportunidad para revolver los restos y robarse algunos huesos, entre otros la calavera de Juan O’Donojú, que años después fue restituida a la cripta.
También se dice que en aquel entonces fue abandonada en algún rincón de la desordenada cripta la urna con los restos de Mariano Matamoros, de manera que allí quedaron olvidados cuando se pasaron los restos de los demás beneméritos a la capilla de San José, en 1895. Es probable que así sucediera, porque a partir de entonces no se volvió a saber de ella hasta finales de 1911, cuando a instancias del Dr. José María de la Fuente se formó una comisión para rescatar los restos perdidos de Matamoros. La comisión estuvo integrada por el mismo Dr. José María de la Fuente, el Dr. Nicolás León, el Ing. Jesús Galindo y Villa, y dos fotógrafos. Su objetivo era encontrar y rescatar los restos perdidos.
Los comisionados bajaron a la cripta el 30 de diciembre del mismo año y encontraron una desvencijada urna vacía junto a otra en las mismas condiciones, que sí contenía algunos huesos, distintos objetos y basura. En el informe rendido más tarde al Lic. Cecilio A. Robelo, director del Museo Nacional, el Dr. Nicolás León dice que el lugar era “un verdadero muladar, pues no otro nombre merece la cripta donde yacían [los huesos] por el abandono y desaseo en que se encuentra”. Y continúa diciendo: “sacamos los restos fragmentarios de un esqueleto humano que, confundido con desechos de materiales de construcción, palos podridos y basura, se encontraron dentro de una rota y desvencijada caja de madera corriente que estaba sobre el piso de ese lugar.”
Por su parte, Antonio Rivera de la Torre, representante de Nueva Era, en su crónica publicada en domingo 31 de diciembre, escribe:


“Observamos un gran desorden en el interior: un ataúd negro con cordeles, una urna, también negra, vacía; otra urna del lado derecho de la entrada correspondiente a la oquedad marcada por el brazo de la cruz, con unos tablones o restos de otra urna cercana; una gran capa de tierra en el pavimento, almacenada por los años y trozos de caliche dispersos.”

Dr. José Ma. de la Fuente
En tales condiciones, después de analizar los huesos encontrados, el Dr. José María de la Fuente declaró que eran “los auténticos de Mariano Matamoros”, pese a las dudas que manifestaron sobre su autenticidad el Dr. Nicolás León y el Ing. Jesús Galindo y Villa.
De cualquier manera, los restos fueron colocados en una urna para ser depositados en la capilla de San José, junto a los demás beneméritos de la patria, en donde desde 1903 se encontraban también los de Nicolás Bravo.
Pero el esqueleto estaba incompleto: faltaba el cráneo. Para aclarar esa situación, De la Fuente dice que dos días después, cuando fue a buscar en la Catedral el cráneo perdido, el sacristán le “entregó un cráneo que se encontró ahí rodando” un ingeniero de las obras en la cripta, quien lo había recogido para evitar que lo profanaran los albañiles.
En el informe entregado al director del Museo, describe el cráneo, del que —dice— sólo existe la bóveda, pero en fracciones, y faltan los huesos de las caras inferior y laterales. Sin embargo, agrega: “he creído que, muy probablemente, el cráneo que fui a buscar es el mismo que me entregó el Padre Sacristán”, el cual entregó al director del Museo Nacional y, al parecer, nunca se integró al resto de la osamenta. Salvador Rueda dice que “fue entonces cuando se inventó el descubrimiento de los restos de Mariano Matamoros, que resultó una impostura”.
 
Fotografía de los restos de Matamoros, descubiertos en 1911
Desde el momento mismo del descubrimiento de aquellos restos atribuidos a Matamoros, el ingeniero Jesús Galindo y Villa, que formó parte de la Comisión, fue un duro crítico de la impostura perpetrada por el doctor De la Fuente. Para hacer patente su desacuerdo, algunos días después del descubrimiento El ingeniero Galindo y Villa escribió el artículo que a continuación se transcribe, el cual fue publicado en El Imparcial del 31 de diciembre de1911, y que más tarde recoge el Boletín del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología:

UN HUESO DE FRAY PEDRO DE GANTE
(Anécdota á propósito de los restos de Matamoros) *

En un lugar privilegiado del vasto Convento de San Francisco de México, se veneraba una reliquia que la comunidad tenía en grandísima estima, y que solía ser mostrada á las respetuosas miradas de los amantes de la imperecedera memoria del insigne lego Fray Pedro de Gante, muy cercano pariente, al decir de muchos, del Emperador Carlos V. Tratábase nada menos que de un hueso del esqueleto de aquel inolvidable educador de los indios, cuyo cadáver fue enterrado en el Convento, en el año 1572, en que acaeció la muerte de Fray Pedro.

Un viejo y erudito amigo nuestro, que lo es también de todos los historiadores é historiófilos residentes en la Capital, y que vive aún, allá en sus mocedades entraba al Monasterio de los franciscanos como á su casa, y muy relacionado con los monjes de la Orden Seráfica, logró conocer el hueso del benemérito lego.

Poco antes de la exclaustración de los religiosos y de la destrucción de su Convento, nuestro amigo obtuvo del Padre Guardián que se le obsequiara el despojo mortal de Fray Pedro, para conservarlo como un tesoro.

Un día, otro amigo nuestro, renombrado arqueólogo, que también vive, y radica ahora en Europa; que concluyó toda su carrera de Médico faltándole solamente el título, tuvo en sus manos la famosa reliquia, y pidió con encarecimiento al poseedor de ésta que le permitiera estudiarla con escrúpulo. Parecióle á nuestro segundo amigo que el hueso era algo anormal para haber sido del propio armazón osteológico de Fray Pedro, y que á haber formado parte de él, evidentemente el lego era un gigante.

Concluido el estudio del hueso, el resultado fue una desastrosa y fatal sorpresa, que llenó de estupefacción al dueño de la reliquia. La Anatomía comparada había revelado ¡cosa estupenda! que el hueso no era de un ser humano: los caracteres se hallaban muy bien marcados: ¡Se trataba del fémur de un caballo!

Esta anécdota es absolutamente verídica; la conoce un reducido número de personas, y la he recordado con motivo de la exhumación de los restos del invicto insurgente D. Mariano Matamoros, acerca de cuya autenticidad conviene de momento suspender todo juicio. Si las presunciones históricas autorizan, en parte, á suponer que los huesos que encontramos abandonados el 30 del pasado diciembre en la pequeña cripta del altar de los Reyes de la Catedral de México, son realmente los de Matamoros, hay, en cambio, otros datos que nos envuelven en negra duda y nos embargan en honda meditación: los huesos que aparecen mezclados, quizá son los de un esqueleto extraño; la conformación anatómica de la pelvis; aquellas suelas diminutas de casi femeninos zapatos que salieron del fondo de la desvencijada urna, son altamente sospechosas, por desgracia. Allí no se encontró el cráneo, pero ahora se da como el de Matamoros uno que estaba olvidado en la Sacristía de la Basílica (sic), y que acaba de llevar el Dr. D. José María de la Fuente al Museo Nacional.

Ante tan serias consideraciones, es preciso detener el vuelo de la fantasía y los impulsos de nuestro patriotismo, que podrían resultar contraproducentes, y esperar con fe y con calma la última palabra de quienes, con su ciencia y su saber, se encargan ya de pronunciarla.

Más que la Historia, habrán de resolver el punto la Anatomía y la Antropometría.

Coyoacán, 4 Enero 1912.

Jesús Galindo y Villa.[1]

* En El Imparcial de 5 del corriente Enero se publicó esta anécdota, sin la firma del autor.

—(J. G. V.)

Un siglo después, para la celebración del Bicentenario, los restos de los beneméritos fueron extraídos de la Columna de la Independencia, para su análisis y conservación. Los resultados que arrojaron los estudios de antropología física realizados por especialistas del Instituo Nacional de Antropología e Historia dieron la razón a Galindo y Villa. Con ellos se evidenció que los restos atribuidos a Mariano Matamoros correspondían a un adulto de sexo femenino de 40 a 45 años, al que le falta el cráneo, pero conservaba hasta los zapatos y algunos objetos asociados, que nada tenían que ver con la osamenta. Según el informe respectivo, por las marcas en sus huesos debió tratarse de una mujer dedicada a la molienda y a la preparación de alimentos en cuclillas.
Sobre tales elementos, Lilia Rivero Weber, coordinadora Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural del INAH, dice que son materiales que se ubican dentro de un contexto histórico y que en un futuro podrían ser materiales de investigación, por tanto, "no tenemos derecho ni la autorización de eliminar material dentro de un contexto". Por su parte, ante las evidencias mencionadas, la historiadora Carmen Saucedo dice que "se puede concluir, históricamente, que los restos encontrados por el doctor De la Fuente no eran los de Matamoros. Ninguno de los datos del hallazgo de 1911 corresponden a los de la exhumación de 1823".
De cualquier manera, en ese contexto, sin importar los resultados obtenidos por los especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia sobre la autenticidad de los huesos atribuidos al personaje, la creencia prevaleció sobre la ciencia, y la “deducción lógica” sirvió para dar identificación a los restos, sean o no de los individuos a los que se les atribuyen, y de esa manera, el 30 de julio de 2011, volvieron al mausoleo de la Columna de la Independencia los huesos restaurados de una mujer desconocida, con todo y las delgadas suelas de sus zapatillas, suplantando a los de Mariano Matamoros, para dormir el glorioso sueño de los beneméritos de la patria bajo las alas del Ángel de la Independencia.
Finalmente, se podrá decir que lo de menos es la materia, cuando el homenaje y la veneración la trasciende, reconociendo de esa manera el espíritu inmortal del héroe.



Horacio Olmedo Canchola (2020)






[1] Boletín del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología. Tomo I, Núm. 7, enero de 1912, p. 129-130.

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