SEMBLANZA CURRICULAR

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Nació en Cuerámaro, Guanajuato. DOCTOR EN ARQUITECTURA (2009), Maestro en Arquitectura (2000) y Arquitecto (1976), por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Profesor de asignatura en Posgrado en Arquitectura (FA UNAM), coordinador y ponente de diplomados en la DECAD FA UNAM, profesor titular en la Universidad Marista campus Ciudad de México, profesor invitado de posgrado por la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC), conferencista, aficionado a la pintura, la música, la historia y la literatura; viajero empedernido, autor de la monografía histórica "Cuerámaro... desde los muros de una hacienda" publicada en la edición especial de la Colección Bicentenario (2010), Gobierno del Estado de Guanajuato,

miércoles, 19 de julio de 2017

HACE DOSCIENTOS AÑOS... (2)


EL PRINCIPIO DEL FIN DE LOS FUERTES DE EL SOMBRERO Y LOS REMEDIOS


Virrey Juan Ruiz de Apodaca
El virrey Juan Ruiz de Apodaca se había mantenido informado sobre los preparativos de la Expedición de Xavier Mina, gracias a una red de espionaje encabezada en Estados Unidos por el ministro español Luis de Onis, aunque muchos de los informes que recibía eran supuestos. Finalmente, al enterarse del desembarco de la Expedición en Soto la Marina, encargó al brigadier Joaquín de Arredondo, comandante general de las Provincias Internas de Oriente, la persecución de Mina, con la orden de tratar bien a los expedicionarios que voluntariamente lo abandonaran, y de “pasar a cuchillo a todos los demás, como traidores al rey y enemigos públicos”.
Arredondo hizo muy poco para enfrentar a Mina, y éste tuvo tiempo de construir en soto la Marina un fuerte que dejó al mando del mayor José Sardá. Al quedar terminado el fuerte, Mina se encaminó al interior del país con intención de encontrar a los insurgentes del Bajío.
Además de Sardá, el comandante de artillería y el auditor de guerra encargado de la imprenta (el doctor Joaquín Infante, natural de la Habana), el vicario general de la División, Servando Teresa de Mier, fue uno de los que tuvo que quedarse en el fuerte por órdenes de Mina.
Mier informa que aunque él se empeñó en acompañarlo, Mina se obstinó en dejarlo, prometiendo “volver dentro de dos meses, tiempo en que el fuerte podría sostenerse”. Y agrega: “En vano le representé que en distancias tan grandes como las de nuestra América, y envuelto por la multitud de enemigos, nunca podría volver, y que el fuerte, aun cuando el enemigo nos diese tiempo de acabarlo, era indefensable”. En efecto, el fuerte de Soto la Marina fue arrasado por los realistas apenas dos semanas después de la salida de Xavier Mina.
En tanto, al  conocer el virrey la noticia de que la División había logrado llegar al fuerte El Sombrero, encargó su persecución al teniente coronel Felipe Castañón, bajo las órdenes del coronel Cristóbal Ordóñez, comandante militar de la provincia de Guanajuato.
El primero y único encuentro de Castañón y Ordoñez con las tropas insurgentes de Mina, Moreno y Encarnación Ortiz, se dio apenas cuatro días después, el 28 de junio, en San Juan de los Llanos (rancho del Terrero, como lo nombra Moreno en su parte a la Junta de Jaujilla, o Campo los Arrastres, como dice Noboa en su informe). La batalla se decidió a favor de los insurgentes en una rápida acción en la que cayeron Castañón y Ordóñez. Al día siguiente, Mina envió al padre Torres el parte militar de las acciones, en el que le informa que la fuerza de los realistas había estado compuesta por aproximadamente 600 hombres.[1]
Pascual de Liñán
Después de la derrota sufrida por los realistas en San Juan de los Llanos y temiendo la llegada de más fuerzas extranjeras que supuestamente venían como parte de la Expedición encabezada por Mina, el virrey Ruiz de Apodaca decidió enviar en contra de los insurgentes del Bajío al recién llegado mariscal Pascual de Liñán, con todas las tropas disponibles de Guanajuato, Nueva Galicia y Valladolid. Liñán se dispuso a cumplir su encargo con la convicción de que “la suerte del virreinato iba a decidirse en los fuertes de Comanja y de San Gregorio”, como escribió Mariano Torrente.
Al mismo tiempo, en el lado de los insurgentes, alentados por el triunfo alcanzado en San Juan de los Llanos, Mina y Moreno decidieron salir del fuerte con las fuerzas de Encarnación Ortiz (el Pachón), con la intención de atacar la hacienda de Jaral del Berrio, propiedad del marqués Juan N. de Moncada. Pero el marqués, fue avisado oportunamente y logró huir con su gente antes del ataque, dejando abandonada la finca. En esas condiciones y sin resistencia alguna, el 7 de julio se efectuó fácilmente la ocupación de la hacienda, lo que les redituó grandes beneficios económicos pues, informados por un peón de la finca, pudieron hacerse de un cuantioso tesoro que el marqués había enterrado en una habitación de la hacienda.
Mientras tanto, la Junta de Jaujilla había comisionado e instruido al doctor José de San Martín, vocal del Gobierno, para que acudiera al Sombrero con el fin de “cumplimentar a Mina, felicitar a su oficialidad y tratar asuntos interesantes al bien de la Patria”.
El doctor José de San Martín salió de Jaujilla el 29 de junio, acompañado por un secretario, un capellán, ocho oficiales y de otros individuos. A tres leguas de la fortaleza de Los Remedios fue recibido por el teniente general José Antonio Torres, con una escolta de ciento cincuenta dragones. La comitiva entró al fuerte de Los Remedios la tarde del primero de julio, donde fue recibido el gobernante con los honores militares y el correspondiente saludo de artillería. Allí permaneció la comitiva durante una semana.
El 7 de julio salieron de Los Remedios el doctor San Martín y el padre Torres con una numerosa comitiva de oficialidad y trescientos dragones. Llegaron al Sombrero el día 8, pero no encontraron a Mina ni a Moreno, porque habían ido al ataque al Jaral.
Hacienda de jaral del Berrio

NOTA: Este artículo es un fragmento del libro inédito "Resistencia insurgente en el Bajío (1813-1818), de Horacio Olmedo Canchola. Reservados todos los Derechos. Queda prohibida su difusión, copia o almacenamiento sin autorización expresa del Autor.



[1]  Como en muchos otros episodios escritos en Memorias de la Revolución Mexicana, William D. Robinson da intencionada y tendenciosamente una versión diferente de los hechos, presentándolos con errores e inconsistencias que Juan E. Hernández y Dávalos señaló acertadamente a la luz del documento de Mina.

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