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Nació en Cuerámaro, Guanajuato. Es DOCTOR EN ARQUITECTURA (2009), Maestro en Arquitectura (2000) y Arquitecto (1976), por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Socio activo de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística (SMGE), y fundador y presidente de la SMGE Correspondiente en el Bajío de Guanajuato. Profesor de asignatura en Posgrado en Arquitectura (FA UNAM), coordinador y ponente de diplomados en la DECAD FA UNAM. Ha sido profesor titular en la Universidad Marista campus Ciudad de México; profesor invitado en posgrado de la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC); conferencista, aficionado a la pintura, la música, la historia y la literatura; viajero empedernido, autor de la monografía histórica "Cuerámaro... desde los muros de una hacienda" publicada en la edición especial de la Colección Bicentenario (2010) por el Gobierno del Estado de Guanajuato. Hasta el 30 de septiembre de 2025, fue Director de Integración de Planeación, Proyectos y Presupuesto, de la Dirección General de Obras y Conservación de la UNAM.

lunes, 18 de mayo de 2020

AVATARES DE LOS RESTOS DE LOS BENEMÉRITOS DE LA PATRIA

PRIMERA PARTE

ALGO SOBRE LA OSAMENTA PERDIDA DE MARIANO MATAMOROS


Mariano Matamoros
En 1823, el Soberano Congreso Mexicano reconoció como “beneméritos de la patria en grado heroico, a los Sres. D. Miguel Hidalgo, D. Ignacio Allende, D. Juan Aldama, D. Mariano Abasolo, D. José María Morelos, D. Mariano Matamoros, D. Leonardo y D. Miguel Bravo, D. Hermenegildo Galena, D. José Mariano Jiménez, D. Francisco Xavier Mina, D. Pedro Moreno y D. Víctor Rosales”, y ordenó la exhumación de sus restos y su traslado a la Ciudad de México para que fueran honrados y depositados en una capilla de la Catedral.
Cumplimentando las instrucciones recibidas, se hicieron las exhumaciones de los beneméritos que pudieron ser localizados. El 13 de septiembre de 1823 llegaron a la Colegiata de N. S. de Guadalupe los restos de Hidalgo, Allende, Morelos, Matamoros, Jiménez, Xavier Mina, Moreno y Rosales. Hasta el mismo lugar llegaron los restos de José María Morelos, provenientes de San Cristóbal Ecatepec, así como las osamentas de los héroes ejecutados en Chihuahua (excepto los de Juan Aldama, que no se recuperaron porque habían sido enterrados con otros cuerpos) y los restos de Víctor Rosales y Mariano Matamoros.
Bustamante dice que el alcalde de la Villa llevó “los cadáveres en cinco urnas, hasta la garita de Peralvillo”, por lo que se puede deducir que las urnas contenían los restos de (U1) las calaveras de Hidalgo, Allende Aldama y Jiménez, con las osamentas atribuidas a Mina y a Moreno, enviada desde Guanajuato; (U2) los restos de Morelos, que llegaron de Ecatepec; (U3) las osamentas de los esqueletos de Hidalgo, Allende y Jiménez, exhumados en Chihuahua; (U4) los restos de Víctor Rosales y (U5), los de Matamoros, enviados desde Valladolid. De ahí continuaron su tránsito hasta el templo de Santo Domingo, en la Ciudad de México.
Se sabe que en la noche pasó el Jefe Político a Santo Domingo, con una corta comitiva, y abrieron las urnas, para separar los huesos y acomodarlos en una sola urna ricamente adornada, en la que se haría el traslado a la Catedral. Sólo los huesos de Matamoros quedaron intactos en su propia urna, que no fue abierta. 
El 17 de septiembre llegaron a la Catedral dos urnas: una forrada en terciopelo negro, guarnecida con galón de plata, que contenía los restos de Matamoros, y otra de cristales, con los despojos de los otros héroes. Después de los oficios y la ceremonia solemne, las urnas fueron expuestas a la veneración del público en la capilla de La Cena, contigua a la de San Felipe de Jesús. Posteriormente fueron depositadas en una cripta debajo del altar de los Reyes, en la que también, desde octubre de 1821, se encontraban los restos de Juan O’Donojú, Jefe Político Superior y Capitán General de Nueva España.
Así comenzaron los avatares de los restos de los beneméritos de la patria, y continuarían por casi un siglo hasta septiembre de 1925, cuando finalmente fueron retirados de la Catedral para ser depositados en la Columna de la Independencia.
Durante los casi cien años de su estancia en la Catedral Metropolitana, las osamentas fueron revueltas y mezcladas en diferentes ocasiones y por distintos motivos. En una de esas ocasiones, la cripta donde descansaban los restos de los héroes fue abierta para depositar en ella una parte del cadáver del presidente Miguel Barragán, en 1836. Como resultado de esa apertura, los huesos de los beneméritos de la patria, que se encontraban “hechos una confusión”, fueron colocados en una nueva urna para su preservación. Se dice que en esa ocasión entraron a la cripta varios intrusos que aprovecharon la oportunidad para revolver los restos y robarse algunos huesos, entre otros la calavera de Juan O’Donojú, que años después fue restituida a la cripta.
También se dice que en aquel entonces fue abandonada en algún rincón de la desordenada cripta la urna con los restos de Mariano Matamoros, de manera que allí quedaron olvidados cuando se pasaron los restos de los demás beneméritos a la capilla de San José, en 1895. Es probable que así sucediera, porque a partir de entonces no se volvió a saber de ella hasta finales de 1911, cuando a instancias del Dr. José María de la Fuente se formó una comisión para rescatar los restos perdidos de Matamoros. La comisión estuvo integrada por el mismo Dr. José María de la Fuente, el Dr. Nicolás León, el Ing. Jesús Galindo y Villa, y dos fotógrafos. Su objetivo era encontrar y rescatar los restos perdidos.
Los comisionados bajaron a la cripta el 30 de diciembre del mismo año y encontraron una desvencijada urna vacía junto a otra en las mismas condiciones, que sí contenía algunos huesos, distintos objetos y basura. En el informe rendido más tarde al Lic. Cecilio A. Robelo, director del Museo Nacional, el Dr. Nicolás León dice que el lugar era “un verdadero muladar, pues no otro nombre merece la cripta donde yacían [los huesos] por el abandono y desaseo en que se encuentra”. Y continúa diciendo: “sacamos los restos fragmentarios de un esqueleto humano que, confundido con desechos de materiales de construcción, palos podridos y basura, se encontraron dentro de una rota y desvencijada caja de madera corriente que estaba sobre el piso de ese lugar.”
Por su parte, Antonio Rivera de la Torre, representante de Nueva Era, en su crónica publicada en domingo 31 de diciembre, escribe:


“Observamos un gran desorden en el interior: un ataúd negro con cordeles, una urna, también negra, vacía; otra urna del lado derecho de la entrada correspondiente a la oquedad marcada por el brazo de la cruz, con unos tablones o restos de otra urna cercana; una gran capa de tierra en el pavimento, almacenada por los años y trozos de caliche dispersos.”

Dr. José Ma. de la Fuente
En tales condiciones, después de analizar los huesos encontrados, el Dr. José María de la Fuente declaró que eran “los auténticos de Mariano Matamoros”, pese a las dudas que manifestaron sobre su autenticidad el Dr. Nicolás León y el Ing. Jesús Galindo y Villa.
De cualquier manera, los restos fueron colocados en una urna para ser depositados en la capilla de San José, junto a los demás beneméritos de la patria, en donde desde 1903 se encontraban también los de Nicolás Bravo.
Pero el esqueleto estaba incompleto: faltaba el cráneo. Para aclarar esa situación, De la Fuente dice que dos días después, cuando fue a buscar en la Catedral el cráneo perdido, el sacristán le “entregó un cráneo que se encontró ahí rodando” un ingeniero de las obras en la cripta, quien lo había recogido para evitar que lo profanaran los albañiles.
En el informe entregado al director del Museo, describe el cráneo, del que —dice— sólo existe la bóveda, pero en fracciones, y faltan los huesos de las caras inferior y laterales. Sin embargo, agrega: “he creído que, muy probablemente, el cráneo que fui a buscar es el mismo que me entregó el Padre Sacristán”, el cual entregó al director del Museo Nacional y, al parecer, nunca se integró al resto de la osamenta. Salvador Rueda dice que “fue entonces cuando se inventó el descubrimiento de los restos de Mariano Matamoros, que resultó una impostura”.
 
Fotografía de los restos de Matamoros, descubiertos en 1911
Desde el momento mismo del descubrimiento de aquellos restos atribuidos a Matamoros, el ingeniero Jesús Galindo y Villa, que formó parte de la Comisión, fue un duro crítico de la impostura perpetrada por el doctor De la Fuente. Para hacer patente su desacuerdo, algunos días después del descubrimiento El ingeniero Galindo y Villa escribió el artículo que a continuación se transcribe, el cual fue publicado en El Imparcial del 31 de diciembre de1911, y que más tarde recoge el Boletín del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología:

UN HUESO DE FRAY PEDRO DE GANTE
(Anécdota á propósito de los restos de Matamoros) *

En un lugar privilegiado del vasto Convento de San Francisco de México, se veneraba una reliquia que la comunidad tenía en grandísima estima, y que solía ser mostrada á las respetuosas miradas de los amantes de la imperecedera memoria del insigne lego Fray Pedro de Gante, muy cercano pariente, al decir de muchos, del Emperador Carlos V. Tratábase nada menos que de un hueso del esqueleto de aquel inolvidable educador de los indios, cuyo cadáver fue enterrado en el Convento, en el año 1572, en que acaeció la muerte de Fray Pedro.

Un viejo y erudito amigo nuestro, que lo es también de todos los historiadores é historiófilos residentes en la Capital, y que vive aún, allá en sus mocedades entraba al Monasterio de los franciscanos como á su casa, y muy relacionado con los monjes de la Orden Seráfica, logró conocer el hueso del benemérito lego.

Poco antes de la exclaustración de los religiosos y de la destrucción de su Convento, nuestro amigo obtuvo del Padre Guardián que se le obsequiara el despojo mortal de Fray Pedro, para conservarlo como un tesoro.

Un día, otro amigo nuestro, renombrado arqueólogo, que también vive, y radica ahora en Europa; que concluyó toda su carrera de Médico faltándole solamente el título, tuvo en sus manos la famosa reliquia, y pidió con encarecimiento al poseedor de ésta que le permitiera estudiarla con escrúpulo. Parecióle á nuestro segundo amigo que el hueso era algo anormal para haber sido del propio armazón osteológico de Fray Pedro, y que á haber formado parte de él, evidentemente el lego era un gigante.

Concluido el estudio del hueso, el resultado fue una desastrosa y fatal sorpresa, que llenó de estupefacción al dueño de la reliquia. La Anatomía comparada había revelado ¡cosa estupenda! que el hueso no era de un ser humano: los caracteres se hallaban muy bien marcados: ¡Se trataba del fémur de un caballo!

Esta anécdota es absolutamente verídica; la conoce un reducido número de personas, y la he recordado con motivo de la exhumación de los restos del invicto insurgente D. Mariano Matamoros, acerca de cuya autenticidad conviene de momento suspender todo juicio. Si las presunciones históricas autorizan, en parte, á suponer que los huesos que encontramos abandonados el 30 del pasado diciembre en la pequeña cripta del altar de los Reyes de la Catedral de México, son realmente los de Matamoros, hay, en cambio, otros datos que nos envuelven en negra duda y nos embargan en honda meditación: los huesos que aparecen mezclados, quizá son los de un esqueleto extraño; la conformación anatómica de la pelvis; aquellas suelas diminutas de casi femeninos zapatos que salieron del fondo de la desvencijada urna, son altamente sospechosas, por desgracia. Allí no se encontró el cráneo, pero ahora se da como el de Matamoros uno que estaba olvidado en la Sacristía de la Basílica (sic), y que acaba de llevar el Dr. D. José María de la Fuente al Museo Nacional.

Ante tan serias consideraciones, es preciso detener el vuelo de la fantasía y los impulsos de nuestro patriotismo, que podrían resultar contraproducentes, y esperar con fe y con calma la última palabra de quienes, con su ciencia y su saber, se encargan ya de pronunciarla.

Más que la Historia, habrán de resolver el punto la Anatomía y la Antropometría.

Coyoacán, 4 Enero 1912.

Jesús Galindo y Villa.[1]

* En El Imparcial de 5 del corriente Enero se publicó esta anécdota, sin la firma del autor.

—(J. G. V.)

Un siglo después, para la celebración del Bicentenario, los restos de los beneméritos fueron extraídos de la Columna de la Independencia, para su análisis y conservación. Los resultados que arrojaron los estudios de antropología física realizados por especialistas del Instituo Nacional de Antropología e Historia dieron la razón a Galindo y Villa. Con ellos se evidenció que los restos atribuidos a Mariano Matamoros correspondían a un adulto de sexo femenino de 40 a 45 años, al que le falta el cráneo, pero conservaba hasta los zapatos y algunos objetos asociados, que nada tenían que ver con la osamenta. Según el informe respectivo, por las marcas en sus huesos debió tratarse de una mujer dedicada a la molienda y a la preparación de alimentos en cuclillas.
Sobre tales elementos, Lilia Rivero Weber, coordinadora Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural del INAH, dice que son materiales que se ubican dentro de un contexto histórico y que en un futuro podrían ser materiales de investigación, por tanto, "no tenemos derecho ni la autorización de eliminar material dentro de un contexto". Por su parte, ante las evidencias mencionadas, la historiadora Carmen Saucedo dice que "se puede concluir, históricamente, que los restos encontrados por el doctor De la Fuente no eran los de Matamoros. Ninguno de los datos del hallazgo de 1911 corresponden a los de la exhumación de 1823".
De cualquier manera, en ese contexto, sin importar los resultados obtenidos por los especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia sobre la autenticidad de los huesos atribuidos al personaje, la creencia prevaleció sobre la ciencia, y la “deducción lógica” sirvió para dar identificación a los restos, sean o no de los individuos a los que se les atribuyen, y de esa manera, el 30 de julio de 2011, volvieron al mausoleo de la Columna de la Independencia los huesos restaurados de una mujer desconocida, con todo y las delgadas suelas de sus zapatillas, suplantando a los de Mariano Matamoros, para dormir el glorioso sueño de los beneméritos de la patria bajo las alas del Ángel de la Independencia.
Finalmente, se podrá decir que lo de menos es la materia, cuando el homenaje y la veneración la trasciende, reconociendo de esa manera el espíritu inmortal del héroe.



Horacio Olmedo Canchola (2020)






[1] Boletín del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología. Tomo I, Núm. 7, enero de 1912, p. 129-130.

viernes, 25 de octubre de 2019

EL CAMPOSANTO DE LA CAPILLA DE SAN FRANCISCO


EL CAMPOSANTO DE CUERÁMARO

Grabado en papel China, primer tercio del siglo XX, original propiedad de Horacio Olmedo Canchola

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El camposanto, cementerio, necrópolis o panteón, es un sitio destinado a proporcionar reposo a los restos mortales de las personas.
 
El vocablo cementerio proviene del griego κοιμητήριον, koimeterion, y puede traducirse como lugar para dormir o dormitorio. Del griego derivó al latín como coemeterĭum, y llegó a nuestra lengua como cementerio.
 
Sin embargo, existe una diferencia de origen entre cementerio y panteón. El cementerio es el espacio físico en donde se depositan cadáveres. El panteón era un altar en los antiguos templos griegos donde se adoraba a los dioses, y no donde se sepultaba a alguien.

Al paso del tiempo, por la evolución de los templos griegos y romanos y su ocupación por diferentes culturas y religiones del mundo occidental, los templos recibieron también restos mortales de personajes importantes, de manera que, por su nuevo uso, el significado de panteón se generalizó para referirse al lugar donde reposan los restos mortales de las personas.

 
En el mundo occidental, y por tanto en la Nueva España desde el siglo XVI, los entierros de los católicos estaban bajo el control y registro de la Iglesia, y éstos se efectuaban en terrenos consagrados, que generalmente eran las mismas iglesias o los terrenos adyacentes a ellas. Por esa razón, a los terrenos o espacios consagrados donde se enterraba a los muertos se les llamó camposanto.




Al igual que en la mayoría de las iglesias católicas, el camposanto de la hacienda de Cuerámaro estuvo localizado desde el siglo XVI al oriente de la capilla de San Francisco, en el atrio, y la comunicación con la capilla se daba por la puerta lateral de la nave. Todavía a mediados del siglo pasado se podían ver en el piso del atrio varias lápidas de entierros, al igual que en el piso del interior de la capilla y en los muros, donde aún se pueden ver algunas lápidas que señalan el lugar de reposo de los restos mortuorios de algunas personas.

Entrada a lo que fuera el bautisterio
de la Capilla de San Francisco de Cuerámaro
El 31 de julio de 1859, don Benito Juárez expidió desde Veracruz el decreto de Secularización de Cementerios, quitando toda intervención del clero en cementerios y camposantos.

El camposanto de la capilla de San Francisco siguió abierto y funcionando hasta que se estableció el Panteón Municipal, al norte de la población, como resultado de la creación del municipio con cabecera en el pueblo de Cuerámaro, que surgió en 1869, hace 150 años, de la congregación fundada por el licenciado Agapito de Anda. en lo que fuera el casco de la hacienda de Cuerámaro. 

En 1868, la población del país era de 8.5 millones de habitantes, mientras que la del estado de Guanajuato era de 729,988. En ese mismo año, a escasos diez de fundada la congregación de Cuerámaro, su población era de 4,680 habitantes, y según la Memoria del Gobierno del Estado se registraron en la Congregación de Cuerámaro 731 defunciones (370 hombres y 361 mujeres), sin determinar las edades.

A finales del siglo pasado, la parroquia de Cuerámaro adaptó en la capilla de San Francisco un pequeño panteón con gavetas para el depósito de restos mortuorios exhumados o cenizas, en un reducido espacio que originalmente fuera el bautisterio al lado izquierdo de la puerta principal de la capilla.

Por cierto, allí había una pila bautismal de piedra, en la que fui bautizado, como muchos cueramarenses hasta 1950, cuando se consagró el nuevo bautisterio del templo de Cristo Rey. Desconozco a dónde fue aquella pila bautismal de piedra, pero ojalá que alguien tuviera información para promover su rescate y preservación.

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[Todos los artículos que se publican en este Blog Horario: consagrado a las horas, son de la autoría de Horacio Olmedo Canchola. Quedan reservados todos los derechos de autor y protegidos por las leyes nacionales e internacionales sobre el Derecho de Autor.] 2019 

miércoles, 23 de octubre de 2019

160 ANIVERSARIO DE LA CONGREGACIÓN DE CUERÁMARO

¿ANIVERSARIO 161 o 160 de la Congregación?

 Parece trivial, pero hay una razón...



El Lic. Agapito de Anda fue un personaje que participó de manera destacada en diversas actividades del ámbito social, político e histórico del estado de Guanajuato durante la segunda mitad del siglo XIX. Como parte de esas actividades, fue fundador de una pequeña congregación en lo que por más de 300 años fuera el casco de la hacienda de Cuerámaro, la que adquirió de la Orden de la Sagrada Religión de Clérigos Regulares Ministros de los Agonizantes de San Camilo de Lelis (padres camilos) como resultado de la aplicación de la Ley Lerdo, promulgada por Ignacio Comonfort el 25 de junio de 1856, por cuyos efectos se desamortizaban inmensas propiedades de corporaciones civiles y religiosas.



Los camilos habían adquirido la hacienda de Cuerámaro en 1762, después de un largo proceso judicial de remates que se llevaron a cabo para pagar las deudas que pesaban sobre la hacienda tras la muerte de Pedro Clavería, su anterior dueño, y la conservaron en propiedad por cerca de un siglo.



Tras la promulgación de la Ley Lerdo, para dar cumplimiento a la ley de desamortización —aunque tratando más bien de evadirla—, la comunidad de los camilos realizaron una supuesta operación inmobiliaria por la cual vendían su hacienda de Cuerámaro a José María Martínez Negrete y a Primitivo Serrano por 310,000 pesos. Los compradores no pagaron nada, ya que el trato se realizó mediante una hipoteca por el valor total de la hacienda. La venta quedó registrada oficialmente como desamortización, y se da razón de ella en la Memoria de Hacienda que presentó Miguel Lerdo de Tejada en 1857.

El 23 de enero de 1858 asumió la presidencia de la República el general Félix Zuloaga, representando la reacción conservadora, quien de inmediato lanzó un golpe en contra de las reformas liberales expidiendo el 28 del mismo mes un Decreto que derogaba la ley de desamortización del 25 de junio de 1856 y otras leyes reformistas. Con ese Decreto, todas las operaciones de desamortización se nulificaban, quedando de nuevo los antiguos dueños en plena posesión de las fincas y terrenos desamortizados. De esa manera, la hacienda de Cuerámaro fue devuelta a los camilos por Martínez y Serrano, los supuestos compradores.

Por el otro lado, Benito Juárez, presidente del gobierno constitucional, lanzó desde Veracruz el contra ataque a las medidas reaccionarias de Zuloaga, mediante circular de 30 de agosto de 1858, que establecía que todas las fincas devueltas voluntariamente por los adjudicatarios quedaban a disposición del gobierno constitucional, para su venta definitiva.

El futuro de la hacienda de Cuerámaro pendía de los acontecimientos políticos, en un hilo sostenido en un extremo por el gobierno constitucional que pugnaba por la Reforma, y en el otro el gobierno conservador y reaccionario de Zuloaga. En ese inter fue vendida al licenciado Agapito de Anda, vecino de Guanajuato, como consta en la escritura 85212, folio 2359, de 5 de octubre de 1858, suscrita ante la fe del notario público Pablo Sánchez.

Más tarde se expediría la ley del 12 de julio de 1859 y su ley reglamentaria de 13 del mismo mes, con la que se suprimían las órdenes de religiosos regulares y se declaraba la nacionalización, sin compensación alguna, de los inmuebles y los capitales clericales, con lo que quedaron finalmente fijadas las bases para el establecimiento definitivo de la Congregación de Cuerámaro.

En vista de lo anterior, no se puede asumir 1858 como año de la fundación de la Congregación de Cuerámaro, pese a la fecha de la escritura, sino 1859, cuando fue ratificada la operación por Francisco Zarco y Ramón Guzmán, apoderados en México del Supremo Gobierno, y hasta que se ejecutó lo establecido por la ley reglamentaria de 13 de julio de 1859.

POR TANTO, EN ESTE 2019 SE CONMEMORA EL 160 ANIVERSARIO DE LA CONGREGACIÓN DE CUERÁMARO
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[Cuerámaro... desde los muros de una hacienda, de Horacio Olmedo Canchola, publicado en la Colección Monografías Municipales de Guanajuato, 2010]
Reservados todos los Derechos.
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jueves, 11 de julio de 2019

DEVENIR DE LA HACIENDA DE CUERÁMARO

LA HACIENDA DE CUERÁMARO (1833-1834)

Autor: Horacio Olmedo Canchola
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Introducción

En el marco del SESQUICENTENERIO DEL MUNICIPIO DE CUERÁMARO y de su PUEBLO CABECERA, con esta entrada comenzamos una serie de publicaciones basadas en una investigación hemerográfica sobre la hacienda de Cuerámaro y su devenir en congregación, en pueblo y municipio, y finalmente en ciudad.

LA HACIENDA DE CUERÁMARO 1833-1834


A diez años de la Independencia y del breve imperio de Iturbide, el país se asomaba a una nueva etapa de su desarrollo bajo la luz de las ideas liberales que finalmente desembocarían en la Reforma.

Los liberales de la época compartían la creencia de que el país estaba muy atrás de su potencial progreso económico y social, debido principalmente a la influencia del clero, la milicia y los conservadores. Era clara la necesidad de una reforma radical, y el único medio para lograrlo ─consideraban los liberales─ era frenar el poder político y económico de esos sectores.

En ese contexto, la posibilidad de que el gobierno echara mano de los bienes eclesiásticos mediante su confiscación o nacionalización era cada vez más cierta. Aunque esto no era nuevo: el gobierno independiente había recibido como herencia del virreinato los bienes eclesiásticos nacionalizados, entre los que se contaban los de la Inquisición (abolida en 1813 y suprimida definitivamente en 1820), así como las propiedades del llamado Fondo Piadoso de Californias (fundado para mantener las misiones en aquel territorio) y los bienes de las órdenes regulares suprimidas (los jesuitas, los benedictinos, los hospitalarios de Belén, San Juan de Dios y San Hipólito).

La venta de todos esos bienes durante el gobierno de Vicente Guerrero, apenas en una cuarta parte de su valor, sirvió al gobierno independiente para hacerse de algunos fondos que le permitieran financiar mínimamente los gastos que generaban las frecuentes guerras, y para hacer frente a la deuda pública que se incrementaba cada vez más desde el imperio de Iturbide.
Don Valentín Gómez Farías

En ese devenir, el 30 de marzo de 1833 fue electo presidente de la República el general Antonio López de Santa Anna y Valentín Gómez Farías es nombrado vicepresidente. Santa Anna se declara enfermo y no toma posesión del cargo, por lo que Gómez Farías presta juramento y asume la presidencia de la República, cargo que ejerce del 1 de abril de 1833 al 24 de abril de 1834.

Durante ese periodo, la confiscación de los bienes eclesiásticos pareció un hecho con la aprobación de las leyes liberales decretadas por Valentín Gómez Farías, que tuvieron una vigencia muy corta.

Las principales reformas introducidas por Gómez Farías entre 1833 y 1834 fueron las supresión de las órdenes monásticas, supresión de la obligatoriedad del pago del diezmo, la institución del matrimonio civil, la abolición de los privilegios del clero y del ejército, la eliminación del monopolio educativo, el establecimiento de la educación obligatoria, la creación de universidades públicas y el desarrollo del conocimiento científico, así como la libertad de prensa y la desamortización de los bienes del clero.

Pero la reacción de la Iglesia y del ejército no se hizo esperar. Ambos sectores acordaron solicitar a Santa Anna que regresara a la presidencia y pusiera fin al programa de reformas liberales. Santa Anna retomó el mando en mayo de 1834. Valentín Gómez Farías fue destituido y de inmediato fueron derogadas todas las leyes dictadas por los liberales.

Durante ese periodo de gobierno de Gómez Farías, la hacienda de Cuerámaro resintió las consecuencias de las leyes liberales, como se lee en un comunicado que se publicó en el número 44 de “El Mosquito Mexicano”, periódico bisemanal de la Ciudad de México, el martes 12 de agosto de 1834, en el que se expresa el punto de vista de alguien que firma con el pseudónimo de “El amigo de la justicia”.




Su texto, modernizado, es el siguiente:

COMUNICADO
Sres. editores del Mosquito.─ Muy señores míos. Para que el público tenga más conocimiento del cómo andaban las cosas en tiempo de la anterior administración, suplico a uds. se sirvan insertar es su apreciable periódico con la brevedad que les sea posible, el siguiente párrafo, tomado de una carta que vino de Pénjamo a un amigo, y que para publicarlo he tenido mucho trabajo en que él lo permita: el párrafo dice así.
“Amigo mío: debe ud. saber que la hacienda de Cuerámaro, que pertenece a los padres Camilos, aunque se ha dicho que estaba tomada por cuenta de la federación, no ha sido sino D. Valentín Farías, quien tiene puesto en ella un administrador de su cuenta, y aunque con motivo de las actuales circunstancias, se manifestó al gobierno del estado, que no debía continuar dicho administrador, extrayendo todo el trigo y harina de la presente cosecha, por haber ya variado felizmente las cosas, el gobierno no ha hecho aprecio de la excitación, y el administrador continúa del mismo modo, por lo que no teniendo la federación nada que hacer con Cuerámaro, porque D. Valentín, entiendo se había reservado esta finca para sí, me parece que a los padres Camilos y a ud. les debe ser muy fácil el recabar del general presidente una orden para que se les restituya a sus dueños. Este paso, si se consigue, será para mí de una doble satisfacción, ya por el aprecio y relaciones que he tenido muy antiguas con casi todos los padres de S. Camilo, y ya porque se advierta que se obsequia a la justicia en la presente administración.”

¿El saberse esto no será un nuevo motivo que estimule al Excmo. Sr. Presidente a entregar los bienes a los reverendos padres Camilos, que con satisfacción vemos hoy en la república, y que solo los había quitado de ella el deseo de tomarse todas las propiedades ajenas? Su llegada a ésta, dio a entender a todos los mexicanos el aprecio que ellos se merecieron por sus virtudes, por el exacto desempeño en sus deberes, y por su caridad sin límites a los menesterosos, especialmente en el último trance en que ellos son el consuelo de los desvalidos: ellos alimentan a todos aquellos en cuyas chozas entran, no  solo con auxilios espirituales, sino con lo que es necesario para sus alimentos y botica, de lo que yo he sido testigo muchas veces. No nos cansemos, sres. editores, quizá no hay otro establecimiento más útil en la república, que el de los religiosos Camilos. ¿Y podrá ver con indiferencia el sostenedor de los bienes eclesiásticos, el observador exacto de las fundaciones religiosas, que despojados aquellos de sus rentas, éstas las disfruten otros contra toda justicia y delicadeza? ¿Cómo es, gobierno justo, que cuando los bienes de los religiosos Camilos se disfrutan por sus enemigos y … ellos están sin casa, no viven en comunidad y el público carece de los auxilios que estos les han prestado, y aún hoy prestan, debiendo ser mayores, si vuelven a la vida de comunidad, que por esta circunstancia lleva siempre más orden?

¡Vencedor ilustre de Tampico! ¡Sostenedor de los derechos de los mexicanos! ¡Verdadero amante de la religión de Jesucristo! La justicia pide, y tú cumpliendo con ella, has dado a cada uno lo que manos violentas le habían quitado. La religión de S. Camilo reclama sus bienes, y los mexicanos todos esperamos de tu rectitud, que sin pérdida de momento se los restituyas, pues si los que los quitaron, están persuadidos de que los sacerdotes de nada sirven en la hora de la muerte, porque no creen en Dios y en la eternidad, los fanáticos que en ello creemos, te pedimos no carecer de este auxilio, que ellos con más frecuencia que ningunos otros, nos prestan en la hora última de la vida.

Dispensen uds. sres. editores, lo mal forjado de mi comunicado, más quedo persuadido que moverá a uds. para darlo a la prensa la gravedad de la materia que en él se trata. Soy de uds. su muy afectísimo conciudadano y amigo q. b. s. m. ─ El amigo de la justicia.
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[Este artículo es resultado de una investigación hemerográfica realizada por Horacio Olmedo Canchola]
Reservados todos los Derechos de Autor (2019)

Queda prohibida su difusión, copia o almacenamiento sin autorización expresa del Autor.