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Nació en Cuerámaro, Guanajuato. DOCTOR EN ARQUITECTURA (2009), Maestro en Arquitectura (2000) y Arquitecto (1976), por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Profesor de asignatura en Posgrado en Arquitectura (FA UNAM), coordinador y ponente de diplomados en la DECAD FA UNAM, profesor titular en la Universidad Marista campus Ciudad de México, profesor invitado de posgrado por la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC), conferencista, aficionado a la pintura, la música, la historia y la literatura; viajero empedernido, autor de la monografía histórica "Cuerámaro... desde los muros de una hacienda" publicada en la edición especial de la Colección Bicentenario (2010), Gobierno del Estado de Guanajuato,

jueves, 12 de enero de 2017

EL FUERTE DE LOS REMEDIOS: EN BUSCA DE LA HISTORIA PERDIDA (Primera parte)


BALUARTE DE LA INDEPENDENCIA MEXICANA


El fuerte de Los Remedios fue el último y el más importante reducto de la resistencia insurgente en el Bajío. Sin embargo, opacado en la historia por la tragedia de El Sombrero y la breve participación de Xavier Mina en la insurgencia, la heroica resistencia del fuerte de Los Remedios se percibe como un hito desvanecido de la Guerra de Independencia.
Por sus características topográficas y recursos defensivos naturales en la frontera de la sierra de Pénjamo y el Bajío guanajuatense, el escabroso cerro de San Gregorio fue escogido por el presbítero José Antonio Torres —el padre Torres—, desde los primeros años de la Guerra, para refugiarse con su partida de insurgentes y, más tarde, para construir en el punto más alto la fortaleza conocida como Los Remedios por los insurgentes, o San Gregorio, por los realistas.

Vista de la planicie del Bajío desde del cerro de San Gregorio (Fotografía de Horacio Olmedo Canchola)
En su época, el comandante general de la división de Guanajuato, Pascual de Liñán, en el informe al virrey sobre la toma del fuerte de Los Remedios —al que, dice, “los prevaricadores insurgentes han apellidado por más de dos años el de la Independencia mexicana”— lo califica como “el punto de apoyo más formidable de cuantos habían construido [los insurgentes] desde el principio de la insurrección”, y pondera su fortaleza describiéndola como “construida con mucha solidez, la de más extensión, la más abundante en provisiones de boca y guerra, y en fin la más imponente en todos sentidos de cuantas han defendido en este reino los rebeldes”.

Por su parte, el español Mariano Torrente (íntimo amigo de Agustín de Iturbide en el destierro), al escribir la Historia de la Revolución Hispano-americana, en 1829, afirma que el fuerte de Los Remedios era llamado “baluarte de la independencia mexicana”.

No obstante lo anterior, después de doscientos años el fuerte de Los Remedios ­es recordado, más que por su propio significado histórico, porque frente a sus muros fue fusilado Xavier Mina, en lo alto del cerro del Bellaco.

Pero aún cuando diversos autores han repetido y siguen repitiendo la descripción de la fortaleza que originalmente difundió el americano William Davis Robinson (basado en el parte de Liñán que fue publicado en la Gaceta del Gobierno de México), actualmente, por descuido, por ignorancia o por amnesia histórica, tanto historiadores como cronistas y lugareños desconocen la ubicación real, la extensión y aún más la conformación de la fortaleza en el cerro de San Gregorio, a tal grado que hasta se ha confundido la localización del cerro del Bellaco. En la actualidad, un muro señala oficialmente el supuesto lugar donde fue fusilado Mina, pero en un crestón de poca elevación, cerca de la Garita, y no en la cima del Bellaco, frente a lo que fuera el punto más importante del fuerte de Los Remedios: el baluarte del Tepeyac.


Supuesta ubicación del cerro del Bellaco (Fotografías de Horacio Olmedo Canchola)
Con este ensayo seriado se pretende rescatar el verdadero significado del fuerte de Los Remedios y la participación del padre Torres en el marco de la Guerra de Independencia, esclareciendo de manera fundamentada los supuestos y mitos que a lo largo de dos siglos han opacado el brillo de su historia en la resistencia insurgente.


LA INSURGENCIA EN EL BAJÍO GUANAJUATENSE


Albino García (Dibujo atribuido a Tresguerras)
El presbítero José Antonio Torres se unió a los insurgentes en 1810, junto con Andrés Delgado (el Giro), integrándose a las fuerzas de Albino García (el Manco). Este caudillo guanajuatense fue reconocido como uno de los guerrilleros más respetados en el Bajío y sus alrededores, y su captura se convirtió en objetivo prioritario para los españoles. El virrey envió en su persecución a Diego García Conde, apoyado por Agustín de Iturbide. Albino García fue aprehendido en Valle de Santiago el 5 de junio de 1812, con más de 150 de sus hombres, a los que Iturbide mandó fusilar de inmediato. El Manco fue remitido a Celaya, donde fue fusilado y desmembrado el 8 del mismo mes.

El padre Torres comenzó a adquirir notoriedad después de la muerte de Albino García, y pronto alcanzó una posición relevante y reconocimiento en el movimiento insurgente del Bajío, hasta asumir un liderazgo que le permitió articular a distintos grupos que operaban sin orden ni coordinación en el occidente y sur de la provincia de Guanajuato, como consta en diversos partes e informes de los realistas.

En abril de 1813, el virrey Félix María Calleja nombró Comandante General de las tropas del Bajío y de la provincia de Guanajuato al coronel Agustín de Iturbide. Su principal objetivo era acabar con las partidas insurgentes del Bajío, y específicamente con las del presbítero José Antonio Torres.

Una de las primeras menciones de Torres como jefe de grupos insurgentes se encuentra en el parte militar de Cristóbal Ordóñez a Calleja, fechado en Querétaro el 4 de mayo de 1813, en el que informa sobre un ataque insurgente a un convoy, cerca de Salamanca, “en el espeso bosque que cubre el paso del paraje llamado Baltierrilla, en el que participaron más de cuatro mil rebelde acaudillados por los Rayones, Salmerón, padre Torres, Hermosillo, Segura, Rosales y Najar”.

Iturbide, por su parte, también informaba al virrey sobre la situación del Bajío en 1813, y le comunicaba que se habían ido sumando al padre Torres otros líderes de la región, especialmente los que operaban en Pénjamo, San Francisco del Rincón, San Pedro Piedra Gorda y Valle de Santiago, de manera que no obraban ya sin relación alguna ni principios, sino reconociendo como superior a Torres. En tales circunstancias, reiteradamente llama la atención de Calleja en el sentido de que las fuerzas de los rebeldes al mando del padre Torres aumentaban con prontitud y facilidad, por lo que las tropas que él comandaba serían insuficientes para acabarlos.

En octubre de 1814, siguiendo las instrucciones del virrey, Agustín de Iturbide emprendió una implacable campaña por la provincia de Guanajuato, con el fin de acabar con los rebeldes. El 4 de noviembre daba cuenta sobre un ataque conjunto a la Piedad, llevado a cabo por las “gavillas de Torres, Navarrete y Sáenz, tres cabecillas eclesiásticos corrompidos, que con su ejemplo y engaño tienen seducida una porción considerable de sencillos e incautos”. En tales circunstancias, buscando una solución al problema, proponía que las fuerzas realistas de Guanajuato, Valladolid y Nueva Galicia actuaran de manera conjunta para recuperar el control de la parte occidental de Guanajuato, especialmente los territorios que dominaba el padre Torres.

La estrategia de Iturbide fue aprobada por Calleja, y se acordó entonces “un plan de ataque y persecución a las gavillas del mal presbítero Torres”. El plan consistía en cubrir dos puntos con las tropas de Pedro Celestino Negrete y tres con las de Agustín de Iturbide, atacando los puntos “en que por lo común se abriga en el cerro [de San Gregorio] dicho P. Torres con la gente más armada de sus gavillas”.

Al mismo tiempo, por el lado de los insurgentes, previendo el ataque de los realistas, el padre Torres también había convocado a los principales jefes de la región, para acordar una defensa conjunta con sus tropas. La concentración de los insurgentes se celebró el 8 de diciembre de 1814 en la hacienda de Cuerámaro, de los padres camilos, con la participación de Víctor Rosales, Lucas Flores, Cruz Arroyo, el padre Juan Sáenz, el padre Uribe y José María Liceaga

El 10 de diciembre se acercó Iturbide a la hacienda de Cuerámaro, haciendo huir a los insurgentes por el lado de la presa del Aguacate. Iturbide ocupó la hacienda de los camilos e instaló en ella un destacamento de 300 soldados con una pieza de artillería. Dos días después, de acuerdo con el plan previamente definido para completar la operación, salió Iturbide de la hacienda de Cuerámaro con el grueso de su gente. Su intención era que los rebeldes bajaran a atacar a los que habían quedado resguardando la hacienda, mientras que él volvería para flanquearlos con el fin de cortarles la retirada.

En efecto, como se esperaba, los insurgentes intentaron recuperar la hacienda. El mismo Iturbide afirma que su plan se hubiera logrado cabalmente “si [los insurgentes] desde la cima del monte no hubiesen indicado mi movimiento por aquella parte con dos tiros, pues esto hizo que la canalla cobarde tomara las eminencias y estrechos con más prontitud que yo podía llegar a ellos”.

El ataque se decidió finalmente a favor de los realistas. Los insurgentes se dispersaron por los cerros, pero los realistas lograron detener a nueve prisioneros entre ellos al presbítero y brigadier Juan Sáenz (el padre Sáenz), a los que Iturbide mandó fusilar al día siguiente en Corralejo.

En esa época, las fuerzas insurgentes que operaban en Guanajuato y Michoacán habían disminuido notablemente, y en conjunto sumaban alrededor de 10,750 hombres. En agosto de 1814, refiriéndose a las partidas que operaban en Michoacán y el Bajío, el licenciado Francisco Menocal informaba a Miguel Abad y Queipo, obispo electo de Michoacán, que la mayor parte de la gente estaba armada de fusil y carabina, y que el resto contaba con machetes, lanzas y pistolas. Así mismo, refiriéndose al modo de operar de los insurgentes, afirmaba que no había “en ningún punto reunión considerable [de insurgentes], pero toda la gente está pronta para reunirse a la primera seña, y marchar a las órdenes de sus respectivos comandantes y formar un ejército en el lugar que se les cite”.

Según el informe de Menocal, dichas partidas estaban integradas de la siguiente manera: José María Morelos, 2,000 efectivos; Vargas, 1,800; Muñiz, 1,500; el padre Torres, 1,500; Navarrete y Sáenz, 1,000; Huerta, 800; Pachón Ortiz, 600; Likson (sic), 500; Cos, en Taretán, 400; Miguel Sánchez, 200; Villalongín, 150; más otros 600 que andaban por Ario y sus inmediaciones.

El máximo jefe de los insurgentes y enemigo de los realistas era José María Morelos. Pero sus éxitos militares habían comenzado a declinar desde mediados de 1813, y finalmente fue derrotado en el intento de tomar Valladolid. El ataque a Valladolid terminó en la completa derrota de las fuerzas insurgentes en las lomas de Santa María, la noche del 23 al 24 de diciembre, con la participación del ejército auxiliar al mando de Ciriaco del Llano y Agustín de Iturbide. Apenas unos días después, el mismo ejército derrotaría al resto de las fuerzas de Morelos en la hacienda de Puruarán, al sur de Valladolid, el 5 de enero de 1814, donde fue hecho prisionero el general Mariano Matamoros.

Se puede decir que a partir de entonces comenzó la etapa de resistencia en el marco de la Guerra de Independencia. Morelos fue aprehendido por las tropas de Manuel de la Concha el 5 de noviembre de 1815, en las cercanías de Temalaca, cuando dirigía el traslado del Congreso a Tehuacán, y fue fusilado en San Cristóbal Ecatepec el 22 de diciembre de 1815.

Después de la muerte de Morelos y tras la disolución del Congreso, los insurgentes, con pocas armas y en medio de un ambiente de discordias y conflictos internos, comenzaron a operar en guerrillas para resistir el asedio de los realistas.

En ese contexto, las constantes derrotas que sufrían los insurgentes frente a un ejercito realista reorganizado y reforzado con la llegada efectivos de España, evidenciaron la necesidad de establecer guaridas y fortalezas, aprovechando los lugares estratégicos que ofrecían los cerros.
En el Bajío, el sitio ideal se encontraba en el cerro de San Gregorio, entre Pénjamo y Cuerámaro, en un polígono rodeado de barrancas y paredes escarpadas que dificultaban el paso, permitían la vigilancia constante, aseguraban el control de los puntos de acceso y facilitaban la obtención de alimentos y agua.

Vista de la Sierra de Pénjamo y cerro de San Gregorio. (Fotografía de Horacio Olmedo Canchola)


(CONTINUARÁ)

[Todos los artículos la serie "EN BUSCA DE LA HISTORIA PERDIDA" que se publican en este Blog Horario: consagrado a las horas, son de la autoría de Horacio Olmedo Canchola, y se publican como resultado de una investigación histórica independiente. Quedan reservados todos los derechos de autor y protegidos por las leyes nacionales e internacionales sobre el Derecho de Autor.] 

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