SEMBLANZA CURRICULAR

Mi foto
Nació en Cuerámaro, Guanajuato. DOCTOR EN ARQUITECTURA (2009), Maestro en Arquitectura (2000) y Arquitecto (1976), por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Profesor de asignatura en Posgrado en Arquitectura (FA UNAM), coordinador y ponente de diplomados en la DECAD FA UNAM, profesor titular en la Universidad Marista campus Ciudad de México, profesor invitado de posgrado por la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC), conferencista, aficionado a la pintura, la música, la historia y la literatura; viajero empedernido, autor de la monografía histórica "Cuerámaro... desde los muros de una hacienda" publicada en la edición especial de la Colección Bicentenario (2010), Gobierno del Estado de Guanajuato,

sábado, 1 de agosto de 2015

ALGO SOBRE CUERÁMARO

(Este artículo fue publicado originalmente en el periódico Correo el 20 de enero de 2011, en la columna Algo sobre Cuerámaro, de Horacio Olmedo Canchola.)

LOS PADRES CAMILOS

 

La congregación de Clérigos Regulares Ministros de los Enfermos Agonizantes, conocida como orden de los camilos o padres de la “Buena Muerte”, fue fundada en 1582 por el fraile capuchino Camilo de Lelis (1550-1614), en Roma. Su finalidad era proporcionar servicio y asistencia espiritual y corporal a los enfermos agonizantes. La congregación fue aprobada por el papa Sixto V en 1586, y más tarde fue elevada a orden religiosa por Gregorio XV, en 1591. Su escudo eclesiástico es una cruz latina en color rojo —conocido en heráldica como de gules—, rodeada por una bordadura de veros en forma de llamas, y un anagrama con una inscripción latina.
Los camilos vinieron a la Nueva España por iniciativa de doña Teresa de Medina y Sarabia y de su hermano don Felipe Cayetano de Medina, Regidor perpetuo de la ciudad de México. La licencia fue dada por Fernando VI según cédula firmada en Aranjuez el 14 de mayo de 1755. A principio de 1756 arribaron el padre Diego Marín de Moya, con el carácter de prefecto viceprovincial y comisario general de la orden, y el padre Alonso Santiago de Arroyo.
La licencia para fundar convento de los camilos en la ciudad de México, bajo el título de Casa del Sagrado Corazón de Jesús y San Camilo de Lelis, fue otorgada por don Manuel Rubio y Salinas, arzobispo de México, el 2 de junio de 1756.

Portales del convento de los padres camilos en Coyoacán

LOS CAMILOS EN CUERÁMARO

El 21 de agosto de 1762, después de un largo proceso de ocho años, la hacienda de San Francisco de Cuerámaro se adjudicó por remate a la orden de los camilos, aceptando la postura presentada por el padre Diego Marín de Moya, por 84,000 pesos. El acto de entrega posesión de la hacienda comenzó el 30 de octubre del mismo año, y todo el proceso se recoge en un extenso e importante documento que se conserva en el volumen 143 del Ramo de Vínculos, en el Archivo General de la Nación, en el cual se proporciona una idea muy clara y objetiva sobre el estado de la hacienda en esa época.

Entrada a la capilla de San Francisco

Casi cien años conservaron los camilos su propiedad, hasta que los acontecimientos políticos liberales, y específicamente la Ley Lerdo del 25 de junio de 1856, obligaron su desamortización, vendiéndola al Lic. Agapito de Anda, según consta en la escritura 85212, de 5 de octubre de 1858, pasada ante el Notario Pablo Sánchez, que se encuentra en el Archivo General de Notarías del Distrito Federal.
Actualmente, la presencia de los padres camilos en Cuerámaro tan sólo se encuentra en el imaginario colectivo, en la fantasía de la gente como parte de leyendas de aparecidos y de tesoros; pero también esculpida en cantera en la clave de la puerta de acceso a la capilla y en el altar principal de ésta, donde aún se puede ver la cruz latina de los padres camilos.

 

miércoles, 29 de julio de 2015

CUERÁMARO, GUARDIÁN FORESTAL


Portada del primer número , mayo de 1949
Como otras empresas culturales y sociales que a lo largo de su vida emprendió el señor José V. Canchola Cortés, la publicación de la revista titulada “CUERÁMARO, Guardián Forestal”, a mediados del siglo pasado, se antojaba “un poco quijotesca”, como lo mencionó el mismo autor.
Cuando apareció la revista, el municipio de Cuerámaro tenía una población de aproximadamente once mil habitantes, de los cuales la mitad se concentraba en la cabecera municipal.
La sociedad estaba compuesta en su mayoría por campesinos y comerciantes en pequeño para el abasto local. La educación básica de primaria se impartía en dos planteles localizados en la cabecera municipal, uno público, la Escuela Oficial Urbana No. 1, “Benito Juárez”, y otro privado, el Colegio “Cristóbal Colón”, atendido por las Carmelitas Descalzas.

En lo que se refiere a los servicios básicos, el pueblo de Cuerámaro, cabecera del municipio, carecía de todo: no había servicios de salud; el agua para el consumo doméstico se obtenía de pozos a cielo abierto que se hacían en el patio de las casas, o de un pozo público localizado en las afueras del pueblo, y se comercializaba repartiéndola en cántaros de barro que se transportaban en carretas tiradas por mulas. El rastro y la matanza de animales se hacía en un corral insalubre, y la carne en canal se transportaba hasta los “despachos” a lomo de hombre; el mercado estaba formado por tendajones de madera, sin más servicios que la electricidad, y se localizaban en la única plaza del pueblo. El alumbrado público lo constituían apenas algunos focos instalados en muy pocas esquinas de las calles del pueblo y otros que los propios vecinos instalaban en las entradas de sus casas. No había drenaje, las necesidades fisiológicas de la población se hacían al aire libre y a flor de tierra en los corrales traseros de las casas, para que comieran los cerdos o las gallinas, en el mejor de los caso (unos cuantos) se hacía en letrinas que acumulaban permanentemente los desechos, pues no había fosas sépticas.

El transporte y la comunicación con las ciudades más cercanas, principalmente Irapuato, Pénjamo, Abasolo, Ciudad Manuel Doblado y León, se hacía por caminos de terracería, con “camiones” que para recorrer la distancia entre Cuerámaro e Irapuato, de aproximadamente 50 kilómetros, tardaban más de tres horas de camino...

El comercio establecido, se concentraba en el primer cuadro del pueblo. En la revista Cuerámaro, Guardián Forestal se anunciaban los principales comercios, como "El Progreso" (Casa Canchola) de José V. Canchola; "La Reforma", de Leopoldo Gutiérrez; "Los Precios Bajos", de J. Encarnación (Chon) García; "El Centro Comercial", de Isauro Negrete; "La Batalla", de Jesús Enríquez; "El correo de México" y el "Hotel Madarrosa", de José Gutiérrez


Anuncios de casas comerciales, que aparecieron en distintos números de la revista.

Esa era la situación que prevalecía en el Cuerámaro 1949, cuando apareció la revista “Cuerámaro, Guardián Forestal”, la que --pese a los buenos propósitos de su director-- no pudo sobrevivir más de un año, y sólo aparecieron cinco números, que comenzaron siendo mensuales y terminaron por ser trimestrales. La revista tenía un costo de 20 centavos.

Comercial de los cigarros Elegantes, con boquilla, de la fábrica Buen Tono.